viernes, 13 de abril de 2012

Cecilio Acosta, un ilustre humanista.

Cecilio Acosta (1818-1881) es uno de los grandes intelectuales venezolanos, digno exponente del humanismo durante la mitad del Siglo XIX. Importante escritor y periodista, formó parte, junto a Juan Germán Roscio, Juan Vicente González, Fermín Toro y Rafael María Baralt, de la generación de la Independencia y la República. Además de sus méritos intelectuales, Cecilio Acosta se destaca por sus valores personales, por la integridad y la honestidad que hicieron de su persona una referencia moral insoslayable. Su inmensa capacidad de servicio lo impulsó a actuar para ser útil, guiado siempre por la fe en ideales superiores y por el compromiso con la transformación del país.
Gran cultura y vastos conocimientos se evidencian en su dilatada obra, en sus múltiples ensayos y artículos periodísticos en los que aborda diferentes temas tal como lo hacían los Ilustrados. El ansia de saber era inagotable lo que lo llevó a ser un lector acucioso y reflexivo de distintas disciplinas siendo su norte fundamental la educación para “hacer hombres”, no solamente cultos, sino virtuosos. Por sus muchas cualidades cívicas, la dedicación al estudio y la vocación de servicio, Cecilio Acosta es admirado y respetado por todos los venezolanos.
Cecilio Acosta nació en San Diego de los Altos el 1º de Febrero de 1.818 siendo el primero de los cinco hijos de Ignacio Acosta y Margarita Revete Martínez. El padre murió prematuramente cuando Cecilio apenas tenía diez años. En seria situación de pobreza, la madre, hizo enormes esfuerzos para educar dignamente a sus hijos logrando que los dos varones obtuvieran títulos universitarios. Además de la influencia materna en su educación, otro personaje importante en su infancia y adolescencia fue el párroco de San Diego de los Altos, el Pbro. Dr. Mariano Fernández Fortique quien fue maestro y guía espiritual de Cecilio y seguramente el que lo animó a seguir la carrera sacerdotal, de allí, que a los once años, alrededor de 1.831, Cecilio ingrese al Seminario Tridentino en el que permaneció nueve años hasta 1.840. Fueron años de intenso y fructífero estudio de los clásicos y del latín. Adquirió conocimientos de Teología, Religión e Historia Sagrada. Lee a grandes pensadores y poetas de la Iglesia: Santo Tomás, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, y Fray Luis de Granada. En 1.839 había decidido cursar en la Academia Militar de Matemáticas, fundada y regentada por Juan Manuel Cajigal, donde obtuvo el título de Agrimensor. En ese mismo año inicia estudios superiores de Religión en la Universidad Central de Venezuela y el 1º de Septiembre de 1.840 inicia los estudios de Derecho en la misma Universidad de la que egresará, con el título de Abogado, el 6 de Diciembre de 1.848, a pesar de la estrechez económica y el endeble estado de salud que sufrió durante todos esos años.
Siendo estudiante, publica artículos de temática variada, especialmente sobre la tensa situación del país dividido en Conservadores y Liberales, en La Época (1846) y El Centinela de la Patria (1846-1847). Desde entonces hace del periódico o “libro de pueblo”, el vehículo favorito para propagar sus ideas. También utilizó la epístola como es el caso del famoso ensayo “Cosas sabidas y cosas por saberse” en el que analiza cuatro asuntos de gran actualidad en aquellos días: Federación Grancolombiana, Tolerancia Política, Universidades e Instrucción elemental y la cuestión Holandesa en Venezuela.
En 1848 es nombrado Secretario de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela y el 29 de Septiembre de 1.853 es electo por unanimidad para desempeñar las cátedras de Legislación Universal Civil y Criminal y la de Economía Política y Legislación Universal en esta Universidad. Antes de un año se ordena su destitución por mandato del General José Gregorio Monagas, quien acudió a una ley promulgada el 7 de Mayo de 1849, que prohibía la provisión de las cátedras de la Universidad a personas desafectas al gobierno. Al respecto, dice el Profesor Elías Pino Iturrieta en artículo publicado el lunes 9 de Mayo de 2011 en el periódico El Universal: “No existen quejas sobre su desempeño, cumple su trabajo a satisfacción y los alumnos respetan su magisterio, pero el docente no ahorra tinta para criticar al gobierno en los periódicos. No participa en conciliábulos contra la mandonería de turno, ni figura con sus gritos en las aglomeraciones pero escribe lo que le parece sobre la crisis del país.” Era una persona incómoda para el gobierno porque Cecilio Acosta escribía muy bien y sus artículos tenían muchos lectores. Había una insatisfacción general sobre el gobierno y Cecilio Acosta había hecho, de la palabra escrita, el arma más temible. Había que silenciarlo y para eso el Presidente pidió a las autoridades universitarias la destitución del molesto escritor. La Junta Gubernativa de la Universidad Central de Venezuela se reúne el 16 de Agosto de 1854 para complacer a José Gregorio Monagas. “Sin señalar argumentos, sin una sola palabra de justificación, porque no la había, en el acta de la sesión, la Junta declara vacantes las aludidas cátedras y ordena la fijación de un edicto en los portones de la institución para que se entere la comunidad de la expulsión del Licenciado Acosta, a quien se le niega el derecho de argumentar en su favor ante el rectorado”. En todo sistema político de fuerza, los intelectuales son una amenaza, de allí el atropello y el abuso de los gobernantes para acallarlos y marginarlos. Eso lo vivió Cecilio Acosta a quien, no solo se le negó el derecho a seguir siendo profesor universitario, sino que también el gobierno presionó en los talleres de la imprenta para que no publicaran sus escritos. Cecilio Acosta, a pesar de todo, siguió firme haciendo patria, escribiendo y luchando por un país mejor, insistiendo en la importancia de la educación, la industria, la inmigración y considerando fundamentales los inventos de la época como la imprenta, el vapor, la electricidad y el telégrafo.
Cuando el General José Gregorio Monagas es sustituido por su hermano, el General José Tadeo Monagas, Acosta lo visita en representación de la misma Universidad de la que había sido despedido y pronuncia un discurso lleno de sabiduría que contiene ideas políticas progresistas .En 1862 lo llama Mons. Dr. Mariano Fernández Fortique (a la sazón Consejero del General José Antonio Páez) para que sea su Secretario Privado. En 1868 se le encarga, junto con otros tres juristas, revisar el Código civil y proponer las reformas necesarias. El 9 de Septiembre de 1872, antes de enemistarse con Guzmán Blanco, éste lo incluye entre los miembros de la Comisión Codificadora Nacional. Junto con el Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, integra la comisión encargada de redactar el Código Penal.
Cecilio Acosta tuvo una vasta cultura en la que figura el dominio del latín y de varios idiomas como inglés, francés, italiano, portugués y alemán. Sus conocimientos abarcan no solo los referidos a materias de Derecho sino que incluyen la Historia, la Economía Política, la Literatura, la Filología.
En el ensayo “Cosas sabidas y Cosas por saberse” (Caracas 08 de mayo de 1856) Cecilio Acosta se refiere, como dijimos antes, a temas como Federación, Tolerancia Política, Universidades, Instrucción elemental y expresa sus ideas sobre la Educación y la cuestión Holandesa en Venezuela.
Escrito en forma de carta, dirigida a un destinatario incógnito, alaba la tranquilidad del campo tal como lo hiciera Horacio en el “Beatus Ille” y “Fray Luís de León, en la “Oda a la Vida Retirada”. Con un estilo impecable de hombre culto que reflexiona y medita sobre múltiples temas de interés nacional, aborda el tema de la unión, en el que tanto insistió Bolívar, recalcando la importancia de la federación “la cual no es otra cosa (si el fin es conciliar la libertad y Los gobiernos) que la unidad en la pluralidad y la pluralidad en la unidad”
Se refiere también a la paz, sin la cual no sería posible el adelanto de los pueblos. Con respecto a la enseñanza dice que “debe ir de abajo para arriba, y no al revés, como se usa entre nosotros, porque no llega a su fin, que es la difusión de las luces”.
En el campo de la educación considera que es necesaria la instrucción elemental, poder leer y escribir. “Pero el talento especulativo, las facultades sintéticas, el genio es de muy pocos: el estadista, el mecánico transcendental, el poeta, el orador el médico de combinaciones, el calculador que ve en los números las relaciones, el naturalista que sorprende en los hechos las leyes, se cuentan con los dedos y puede decirse en cierto modo (por lo que hace a la inspiración e intuición) que nacen ya sabidos. La enseñanza secundaria nada da cuando no hay germen, nada, más bien extravía el sentido común, aunque parezca esto paradoja: cuando lo hay, hace sobre él el efecto de la lluvia, que coopera sin crear.

De todo lo expuesto concluye que las universidades “son los cuerpos para los estudios de la última especie”. A las universidades, las critica abiertamente considerando que aportan pocos trabajos científicos y que podrían definirse como fábricas de académicos: “Figúrate ahora por contraposición, un Cuerpo científico como el nuestro, puramente reglamentario, con mas formalidades que substancias, con preguntas por único sistema, con respuestas por único ejercicio; un Cuerpo en que las cátedras se proveen solo por votos, sin conceder al público una partecita de criterio; en que se recibe el título, y no se deja en cambio nada; en que no quedan, con pocas y honrosas excepciones, trabajos científicos, como cosecha de las lucubraciones, y en que el tiempo mide, y el diploma caracteriza, ¿no te parece una fábrica, más bien que un gimnasio de académicos? Agrega ahora, que de ordinario se aprende lo que fue en lugar de lo que es; que el cuerpo va por un lado, y el mundo va por otro; que una Universidad que no es el reflejo del progreso, es un cadáver que solo se mueve por las andas; agrega, en fin, que las profesiones son sedentarias e improductivas, y tendrás el completo cuadro. El título no da la clientela, la clientela misma, si la hay, es la lámpara del pobre, que sólo sirve para alumbrar la miseria de su cuarto; y de resultas, vienen a salir hombres inútiles para sí, inútiles para la sociedad, y que tal vez la trastornan por despecho o por hambre, o la arruinan, llevados de que les da necesidades y no recursos… ¡Qué de males! ¿Yo dije que se fabricaban académicos? Pues ahora sostengo que se fabrican desgraciados, y apelo a los mismos que lo son. Lo mejor en esto, es que mi testimonio es imparcial.. Et non ignarus mali, etc., y así no se me podrá decir, que me meto a catedrático sin cátedra, o a evangelista sin misión. Si yo no dogmatizo (contestaría); si yo no predico; si yo no hago otra cosa, respecto a mí, que quejarme; respecto a los demás, que señalar. Ahí está: véase el doctorado, ¿qué es? Véanse los doctores, ¿qué comen? Los que se atienen a su profesión, alcanzan, cuando alcanzan, escasa subsistencia; los que aspiran a mejor, recurren a otras artes o ejercicio: y nunca es el granero universitario el que les da pan de año y hartura de abundancia”.
Cecilio Acosta es un pensador de ideas claras y modernas que contrasta con el pensamiento conservador propio de la época. Absoluta validez tienen las afirmaciones que hace en torno a la actitud hacia el pasado: “la antigüedad es un monumento, pero no una regla; y estudia mal quien no estudia el porvenir ¿Qué vale detenerse a echar de menos a otros tiempos, si la humanidad marcha, si el vapor empuja, si en el torbellino de agitación universal, nadie escucha al rezagado? ¿Quién puede declamar con fruto contra el destino, si es inexorable, si es providencial, si no mira nunca para atrás? ¿Qué son los métodos, las instituciones, las costumbres, sino hilos delgadísimos de agua que son arrastrados en la gran corriente de los siglos?. Con extraordinaria lucidez ve el avance del progreso en hechos como el uso del telégrafo, aún en los lugares más atrasados del país y se da cuenta del potencial de la juventud para los cambios necesarios. De los conflictos universitarios dice que tales son expresión de rebeldía juvenil que mejor testimonian “la lucha entre el presente y el pasado, entre las ideas y el sistema, entre la fuerza y el obstáculo, entre la razón y la rutina. Si la juventud quiere algo, es menester atenderla. Hay equivocación en creer que va errada la generación que tiene el encargo de continuar la cadena tradicional del pensamiento. Al fin vence, porque la bandera es suya, el ejercito suyo, y el porvenir su campamento bien guarnido. El engaño es vuestro: con vosotros hablo, apóstoles de una religión que ya no existe, hombres que pretendéis detener a gritos el torrente que salva la montaña. Todos los diccionarios no son el Calepino, el latín no es el idioma de las artes e industrias, ni los aforismos empolvados y la ciencia de alambique lo que sirve a dar la subsistencia; y tal es la causa del combate”.
En esta larga reflexión, Cecilio Acosta es partidario de educar para el trabajo, lo que sea útil y beneficioso para el progreso, de allí la importancia que le da al invento para que se aplique en forma práctica, “en vez de abstracciones del colegio, las realidades del taller.

“El taller, dice, es hoy el palacio del ciudadano. Allí impera el menestral como señor, porque él provee, porque él impone leyes al mercado, porque todos lo necesitan y porque sus escorpias, sus armarios y sus bancos, son el museo diario del trabajo humano. El no lee en in – folios, porque no va a disertar, sino en papeles sin coser, porque busca preciosos instrumentos; y a la hora del descanso, es más feliz él con pan, vino y avisos, que el doctor ayuno, hastiado y con textos. La agricultura, que da granos y materias primas, el comercio, que las trasporta, la mano de obra y las fábricas, que las labran y hacen formas y tamaños, son ramos todos tributarios del taller, adonde llevan sus aguas como al mar. Allí están las creaciones de la inventiva, y los frutos del sudor; el perno de la máquina de gas que va a atravesar el golfo, y las labores de la mesa para el festín del hombre acaudalado: allí hay luciente seda y paño pardo para todos; preparaciones que alimentan y afeites que acicalan; allí está, en conclusión, el orgullo de la sociedad en lo material, porque está la historia de sus progresos”.
Educar, finalmente, para el trabajo fecundo, prepararse hombres de provecho en vez de hombres baldíos que han aprendido tantas materias inútiles cuyos contenidos se han olvidado rápidamente. Opina que hay que descentralizar la enseñanza y ponerla al alcance de todos pero dándole otra orientación, formando individuos con conocimientos prácticos que los preparen para la vida y para que sean factores de progreso para su beneficio personal y del país. La educación debe ser popular y racional; para que se entienda, y que sea útil para que se solicite. “Los medios de ilustración no deben amontonarse como las nubes, para que estén en altas esferas, sino que deben bajar como la lluvia a humedecer todos los campos…. Si es menester penas a los padres para que obliguen a los hijos a aprender, que haya penas; si el inglés y el francés son los idiomas de las artes e industrias, hagámoslo, en lo posible, generales”.
Afirma que “la vida es obra y los pueblos que mas obren, serán los más civilizados” Cecilio Acosta es un abanderado del progreso de los pueblos, de
la civilización para el bienestar común y el elemento efectivo para lograrlo es la educación. En vez de la contemplación o del conocimiento aislado de la realidad es partidario de la acción “que debe ser varia para que sea abundante, cooperativa para que sea eficaz, ilustrada para que sea provechosa. Si el hombre no está en contacto con el hombre, y la humanidad con la naturaleza, su patrimonio y su regalo, la felicidad pública es una esperanza que se sueña, pero no una realidad que se posee. En la sociedad no importa tanto el número que se cuenta, cuanto el número que tiene la capacidad y los medios para el trabajo. Quién sabe, puede, quién puede produce; y si la cosecha es más rica conforme el saber más se difunda, es fuerza ocurrir a la instrucción elemental. Cecilio Acosta es claro y firme al asegurar que de la instrucción “nacen hábitos honestos, se despierta el interés, se abren los ojos de la especulación, se habilitan las manos, como los grandes obreros de la industria, se suscita un espíritu práctico que cunde, como el mejor síntoma del progreso, y se ve un linaje de igualdad social que satisface. La luz va y viene, la vida es derecho, la palabra vínculo de unión, todas las almas se hacen una sola alma, todos los pensamientos un solo pensamiento; y con la facilidad de las comunicaciones, que luego se crean o mejoran, y con la rapidez de los elementos para la difusión de ideas, que se atropellan porque hierven, los recursos corren a donde los llaman las necesidades”.

Igualmente el autor abunda en consideraciones sobre la importancia del periódico, como el medio ideal para la información y la educación. Dice: “los periódicos no dispensan, sino derraman los conocimientos; los periódicos del umbral para fuera, no dejan nada oculto; los periódicos hacen la vida social verdaderamente independiente y de la familia; los periódicos dan valor para decir la verdad; los periódicos proporcionan al público criterio; los periódicos enseñan artes, ciencias, estadística, antigüedades, letras.
En suma: los periódicos son todo: y es una cosa que asombra, ver, que al abrir el carretero o el cerrajero la puerta de su casa por la mañana, vengan a dar a sus pies al favor de esos heraldos de la imprenta, las oleadas del movimiento político, industrial y moral del mundo, después de pasados cortos días, y del movimiento idéntico de su país tras pocos minutos de intermedio. Estos prodigios se deben a la instrucción primaria, no a las universidades, que Dios mantenga en paz, pero en su puesto”
Cecilio acosta es un humanista que abordó no solo el tema educativo, sino que, igualmente, recogidos en sus Obras Completas, están los artículos sobre temas de Historia, Literatura, Filosofía, Economía, Derecho, Política, los artículos necrológicos, las epístolas y las poesías. De las poesías, una de las más famosas, es La Casita Blanca, que se publicó en La Revista (Caracas, abril de 1872).
Es un hermoso poema que responde a su formación clásica; está constituido por 22 estrofas de cuatro versos endecasílabos que riman con rima consonante, el primero con el cuarto y el segundo con el tercero. En estos versos el poeta plasma un paisaje idílico desde el amanecer hasta el anochecer, marco ideal de una hermosa casita blanca, la de su madre, la de su infancia. En este paisaje de envidiable frescura destaca el “perfumado huerto” y así como en los mejores poemas que exaltan la vida retirada, Cecilio Acosta también destaca en este ambiente la felicidad de una vida tranquila, sin insomnios, sin preocupaciones; está dedicada a la madre por la que sintió profunda veneración. El poema es una evocación idílica de los años de su infancia campesina en San Diego de los Altos.
En las primeras estrofas se detiene en la descripción de la naturaleza que enmarca a la casita blanca: “tardes de zafir y grana“, “perfumado huerto”, “auras frescas”, “tersa laguna”, “alfombrada loma”, donde todo el lenguaje crea un ambiente de luz y de color, de paz y de confort. Las metáforas y las imágenes contribuyen a crear esa sensación de belleza sensorial que se percibe por la vista (“tardes de zafir y grana”; “manto de verde y de rocío”; “ánsares níveos de pintados remos”; “argentada linfa”; “alfombrada loma”; “el alba ríe”; etc.

En las estrofas 10 – 11 – 12 – 13, se describen la partida de caza al despuntar el día, la imagen de la jauría atravesando “del valle a la ladera”, el descanso de los cazadores y de todos los habitantes del campo cuando termina el día. Después del trabajo, el descanso en “el hogar libre y seguro”. Después de la tarde, la noche y el cielo estrellado y mientras afuera sopla el viento, en el interior de la abrigada casa, se disfruta de la rústica cena. Los sonidos del campo se confunden gratamente: el viento, el bramido de las vacas, las quejas de “la paloma en hondonada”. También la fragancia del campo es sentida por el habitante de esta naturaleza privilegiada. El olor de la cuajada, de la leche, de la nata, impregna la noche campesina.

En las últimas cinco estrofas se dirige a la madre amada deseando,


“Que el ave matinal tus paso siga,
vuele confiada a tu graciosa mano,
y allí pique atrevida el rubio grano
que tu propia tomaste de la espiga.

Que tengas frutas que en sazón maduren,
y vayas con tu cesta a recogerlas;
que tengas fuentes que salpiquen perlas;
que tengas auras que al pasar murmuren.

Murmuren cantos bellos, celestiales,
que sirvan a borrar fieras congojas,
de esos que forman al temblar las hojas,
o el arroyo al mover de sus cristales.

Ante el altar que en sacras llamas arde,
por tí tu madre su oración eleve,
que grato Dios hasta su trono lleve,
y El mismo en urna misteriosa guarde.

No la mía separes de tu historia;
no mis deseos más te sean ignotos;
no olvides nunca mis fervientes votos,
ni me apartes jamás de tu memoria.”

Cecilio Acosta es un insigne escritor, que se destacó por sus virtudes personales y por sus ideas y su cultura en la segunda mitad del siglo XIX. Su vida, es un ejemplo de honestidad y rectitud para todas las generaciones.
La riqueza y variedad de temas abordados por este ilustre humanista, dejan abierta la posibilidad de múltiples trabajos de investigación para estudiar, como es debido, el aporte de su pensamiento.
En este trabajo nos hemos limitado al ensayo más destacado, Cosas sabidas y Cosas por saberse, con abundantes citas, imprescindibles, porque contienen las ideas fundamentales sobre la educación y las universidades, de un pensador de ideas claras y avanzadas para su tiempo.
Cecilio Acosta además de ser un hombre de gran cultura y profunda sensibilidad, también se destaca por su conducta intachable; actuó siempre apegado a los principios religiosos y a los valores morales que sin duda hacen de él un individuo excepcional. Cecilio Acosta fue profundamente católico practicando con su vida los principios en los que creía. Modesto, humilde, generoso, vivió el dolor de la pobreza y del abandono de sus contemporáneos hasta extremos inadmisibles como el hecho de que su entierro solo fue posible gracias a la caridad pública, a la colecta realizada entre amigos. En una ocasión que quería enviar una carta a Ospino, le dice a su hermano Pablo, en carta fechada el 23 de enero de 1876: “No tengo para pagar el porte de esa carta para Ospino, que pondrás en la estafeta. Dios dará. Tengo el aliento de la esperanza, el valor de la conciencia, la fe en que he de servir; y eso es todo, mañana no es hoy”.

Cecilio Acosta fue un hombre bondadoso y solidario que encontró en la fe en Dios, el camino de la salvación. En un artículo publicado en el “Ángel Guardián” N° 15 (Caracas, 08 de enero de 1881) que tituló “La Iglesia”, afirma que el hombre está siempre inclinado a hacer el mal mientras que la gran verdad, la gran luz para el hombre está en las frases de Jesucristo: “Yo solo soy la verdad, yo solo soy el camino.”


Considera obligante revestirse del espíritu de Cristo dejando a un lado su propio espíritu. Considera que hay que practicar la moral y tener a Jesucristo como guía y como luz para que nos socorra y nos sostenga. Busca, en Dios, la fuerza para vencer al mal porque “nuestra voluntad busca y quiere el bien; pero es arrastrado sin cesar hacia el mal”.
Profundamente religioso es un místico anhelante de Dios y un fiel seguidor de los preceptos establecidos por la Iglesia Católica.
Sus palabras expresan la fe sólida en Dios y en la Iglesia cuando dice: “Mi razón está satisfecha; por todas partes en donde se muestre la Iglesia, se reconoce a Jesucristo. Le oye en la palabra que ha dejado a la Iglesia para ilustrar las inteligencias; le obedece en la ley que ha puesto en manos de la Iglesia para someter los corazones; le sigue en los viajes multiplicadores y constantes que hace la Iglesia para conquistar la tierra; está seguro de que Jesucristo no faltará a la Iglesia ni la Iglesia al hombre, y que mientras haya un corazón que dirigir, una inteligencia que ilustrar, un alma que salvar, la ley tendrá la misma fuerza, la luz el mismo brillo, la fuente de las gracias la misma eficacia, para hacer decir a los más difíciles: La Iglesia es siempre el camino, la verdad y la vida; la Iglesia es Jesucristo”
La primera edición de las Obras de Cecilio Acosta estuvo al cuidado del jurista y político Dr. Juan de Dios Méndez siendo presidente de Venezuela el General Cipriano Castro. Consta de cinco volúmenes editados en Caracas, en la empresa “El Cojo”, durante los años 1908 y 1909.
En 1981, con ocasión del primer centenario de su muerte, se decretó la edición actualizada de las Obras Completas de Cecilio Acosta que se imprimieron en dos tomos en el año 1982, en donde se recogen los escritos de Cecilio Acosta agrupados en ocho secciones: Política, Jurisprudencia, Economía, Historia, Necrologías, Literatura y Filología, Poesía y Epistolario.
Cecilio Acosta fue un hombre ilustre admirado por su honestidad y su cultura. Recibió numerosas distinciones como la designación de Académico Correspondiente (1869) de La Real Academia Española. Igualmente recibe un
homenaje de La Academia de Ciencias Sociales y Bellas Artes de Caracas en el Salón del Senado, el 8 de agosto de 1869. También La Academia de Bellas Letras de Chile y La Academia Colombiana de la Lengua lo nombran su Socio Honorario (1874). La joven generación positivista lo admiró muchísimo, de allí, las palabras de elogio de Lisandro Alvarado y de Gonzalo Picón Febres. La profundidad de su pensamiento y la grandeza de su obra fue valorizada por intelectuales de la talla de Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo, Rafael Pombo o José María Torres Caicedo en Colombia y Ramón Campoamor y Manuel de los Herreros en España. Son muchos los valiosos escritores que han dedicado ensayos y notas sobre Cecilio Acosta y aún queda mucho por decir.

Cecilio Acosta muere el 8 de Julio de 1881, a los sesenta y tres años de edad, en completa pobreza; sus restos fueron llevados al Panteón Nacional, el 5 de Julio de 1937, honor que quedó establecido en el acuerdo de la Cámara de Senado del 14 de Junio de 1918. El juicio crítico del escritor Oscar Sambrano Urdaneta queda plasmado en las siguientes palabras: “Los sesenta y tres años que alcanza a vivir circunscriben una de las personalidades más admirables y, en alguna medida, más desconcertantes, del siglo diecinueve venezolano.

Habiendo sido de temperamento apacible, de timidez incurable, de trato delicado, pocos lo igualaron, sin embargo, en el arrojo y bizarría con que hizo valer en público aquellos penetrantes principios suyos que juzgó capaces de fortalecer y de orientar la moral y el progreso de la República.

Su debilidad física y su mala salud contrastaron evidentemente con la vigorosa lozanía de su mente excepcional. Su cuerpo magro y acartonado no parecía albergar el acero de un carácter de resistencia diamantina en la prédica y defensa de su pensamiento. Su mansedumbre franciscana podía tornarse en inusitada fiereza si alguien intentaba herirlo en su dignidad.
Lo tildaron de oligarca; pero no cesó de proclamar su filiación liberal y de situarse a la vanguardia de las ideas más progresistas de su siglo. No dudó ni un instante de que se encontraba en la avanzada de los conceptos y de las prácticas más novedosas en materia de educación y de administración pública, ni de que se hallaba delantero como el que más en cuanto a la libre expresión de las ideas y a las más estimulante libertad de industria.

Su fe religiosa lo llevó a buscar una explicación del mundo en la doctrina providencialista; pero no por ello dejó de observar los fenómenos sociales de su tiempo y de su pueblo a la luz de principios que lo acercaban al Positivismo.

Dueño de probado talento práctico, concibió proyectos empresariales de interés colectivo, como bancos de crédito popular inmobiliario o de protección al agricultor, redes ferroviarias y mercados públicos. En cambio, no atesoró para sí riqueza material alguna y jamás de quejó de haber vivido – como efecto vivió – en un estado de pobreza tan agudo que llegó en ocasiones a la indigencia. Su entierro que debió ser costeado por contribución de amigos, es un hecho que habla por sí solo.

Estudió el pasado porque se interesaba en el porvenir. Se apartó de las vaciedades sociales por un claro deseo de acercarse a la esencia del hombre. Pasó la vida ansiando avecindarse en la Tierra Prometida – que no era para él otra cosa que un país en paz, en pleno ejercicio de la justicia social, con un progreso que se repartiese entre todos -. Pero vivió y murió como un peregrino en tránsito hacia su quimera, alimentando y defendiendo con las mejores fuerzas de su espíritu, y con amor de hijo verdadero, el advenimiento de una Venezuela de la que él se sintió profeta y abanderado”.

José Martí escribió una hermosa elegía en prosa en la que dice: “Ya está hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde. Ha muerto un Justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres: se le dará gozo con serlo. ¡Qué desconsuelo, ver morir, en lo más recio de la faena, a tan gran trabajador!”.

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