lunes, 19 de noviembre de 2012

Puerto de sombras


Palabras de presentación del libro Bosque de Sombras de Lilia Boscán de Lombardi.
Salón Hesnor Rivera. Biblioteca Pública del Estado Zulia.
Maracaibo, 12 de septiembre de 2012

Puerto de Sombras

Leí en alguna parte que Federico García Lorca había dicho que la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio, pero, de ser así, cuál es ese misterio. Tagore, poeta hindú, entendió que ese misterio no era otra cosa que el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos. Ahora bien, qué eco es ese. Puedo seguir ahondando y ahondando en preguntas, pero llegando a una misma conclusión: la poesía no tiene conclusión puesto que en ella se agolpan todas las posibilidades. De tal manera que, si le pregunto a la poesía ¿Qué es la poesía? ella me dirá lo que es desde la poesía misma. Creo que por eso en algún pasillo de la Universidad del Zulia, el poeta Hesnor Rivera, me dijo: la poesía siempre es otra cosa siempre y se fue arropado por su risa de trueno secreto.
Sea lo que sea la poesía parece estar ligada muy íntimamente a la sensibilidad humana. Quizás por ello Adorno desesperado dijo que después de Auschwitz no podría volverse a escribir poesía. Sin embargo, y pese a que después de Auschwitz vinieron otros Auschwitz disfrazados con otras máscaras, se continuó escribiendo poesía. ¿Cómo ha sido posible que en medio del fango espeso de la oscuridad humana pueda seguirse escribiendo poesía? No lo sé, pero Miguel de Cervantes solía decir que los tiempos en que es más abundante la poesía, suelen también serlo de hambre y la poesía, después de todo es más profunda y filosófica que la historia, dirá por otro lado Aristóteles. Entonces, los tiempos oscuros, los tiempos bárbaros, los tiempos de bajeza, vileza, cobardía y laxitud están condenados a ser cantados y purificados, si quiere verse así, por la poesía. Creo que a eso y no a otra cosa debemos la ocasión de estar aquí reunidos para presentar Puerto de Sombras que, más que una antología, es la vida poética de Lilia Boscán de Lombardi.
Puerto de Sombras reúne toda la poesía de Lilia Boscán de Lombardi. Están acá Voces de la Memoria, Surco de Origen, En el Corazón del Vértigo, Desde el Signo que me Nombra y, un texto inédito hasta ahora llamado Letra Herida. Es esta una antología que también puede leerse como un muy humano tratado acerca de la afectividad doliente tejida desde la cristalina intimidad entre la imaginación y el sentido poético. María Zambrano lo llamaría conocimiento poético que, dirá ella, no es más que el ciego ímpetu de la vida que se arrastra por un cuerpo, por su cuerpo, por sus cuerpos, ya que ninguno le basta. Puerto de Sombras significa, sin temor a equivocarme, la patria de las raíces de Lilia, allí, en sus profundidades arden como soles perennes las fuentes de donde mana la caricia con la cual acaricia la vida: agua, aire, noche y muerte. Cuatro palabras, cuatro instancias donde se fraguan las mismas heridas de Miguel Hernández.

El mar es como un espejo

En Posiciones y Proposiciones (1928) Paul Claudel advierte que todo lo que el corazón desea puede reducirse siempre a la figura del agua. ¿Reducirse?, me pregunto. ¿Cómo siendo el agua el vehículo de la naturaleza, así la contemplaba Da Vinci, podemos hablar de reducción? El agua es principio fecundador y elemento a través del cual transita la fluidez de lo incognoscible. Bachelard entiende que para la imaginación todo lo que corre es agua; todo lo que corre participa de la naturaleza del agua. El agua que a veces es lluvia, dirá Lilia Boscán de Lombardi, borra la imagen reflejada en el espejo y nuestros pasos se deshojan en sus propios círculos. El agua entendida como elemento maternal, como principio femenino, como sustancia de pureza y purificación está presente en la poética de Lilia Boscán de Lombardi. Presente como complejidad esencial de una moral líquida donde busca lavarse el rostro la racionalidad para poder sentir a través de la iluminación de los sentidos.
Las voces de la memoria de la poeta transitan, corren como testigos de su vida y de su palabra. Sacuden las tardes muertas chapoteando en forma de recuerdos para volverse luego raíces perdidas en el agua solitaria. Voces que van cantando el testimonio de la construcción de sí misma cubriendo cada vez los viejos temores, la monotonía de las horas, el miedo de buscar, dirá Lilia, y no encontrar más que imágenes deshechas en el agua. Las voces de la memoria movidas por sus ríos interiores tallan el alma de las cosas que la acosan desde las ansias labradas por los silencios del insomnio. Voces que hurgan en el mar de la memoria y la regresan a su origen. Regresar para olvidar lo que no se olvida. Entonces el agua parece transformarse en la poesía de Lilia en símbolo de la consciencia o, como queda explicado en los cantos védicos, símbolo del océano inconsciente del que debe emerger la Divinidad, pero, qué es esta Divinidad, pues, ya lo hemos dicho con María Zambrano: el conocimiento poético.
Conocimiento poético que parece vislumbrarlo Lilia a través de un mar hecho camino incierto al infinito donde puede respirar la nostalgia y el dolor maravilloso de quedarse sin certezas, de susurrar historias que sólo a ella le pertenecen, de inclinarse para ascender al deseo como ola temblorosa. Palabra ardiente que se derrama en esencias sobre los cuerpos abrazados de aquellos que persisten en amarse pese a la duda que siempre lo arrasa todo. Conocimiento poético que nos abre la razón a una ebriedad sin tiempo donde todo se entiende como cosa nueva, ya que, así lo afirma Lezama Lima, el hombre puede alcanzar por el conocimiento poético un conocimiento absoluto. Un conocimiento total puesto que es asimilado por la totalidad del cuerpo cubierto por la fiebre incandescente de sentir. Sentir desde esa intuición siempre ambiciosa de los hijos de Dionisio que rugen al abismo que desea engullir a quienes quieren descender. Sentir, pero sentir ardorosamente, afectuosamente, gozosamente, desde la totalidad de la experiencia de estar vivo. Estar vivo que es, como ya ha dicho la propia Lilia, buscar nuestro propio rostro en el fondo del patio dentro de las aguas que guarda el viejo tinajero.

En los castillos del aire

Graciela Maturo nos dice que Lilia ama los estados crepusculares, la penumbra del amanecer o el anochecer; prefiere transitar esas zonas de frontera que remiten a la muerte o al sueño. Poemas que parecen haberse fraguado justo en el momento en que nos detenemos para contemplarnos desde el suspiro. Poemas escritos desde el frágil estupor donde el aire suele devolverse y sólo la simplicidad puede dar cuenta de lo respirado. Ese suspiro seguirá, nos dice María Zambrano, seguirá y nadie sabe quién lo podrá recoger, nadie sabe quién lo podrá esperar. En ese suspiro que sigue, que es aire disperso en la trama de la noche, late el secreto del Ser que es, al mismo tiempo, luz y sombra, tierra de bocas, imagen, lugar ilimitado. Suspiro que nos habla de un logos no encontrado y todavía por encontrar.
La palabra de Lilia late, palpita en las entrañas del aire que respira incertidumbre. Aire que golpea dulcemente en la cara limpiando la mirada para poder contemplar la fuga de los alacranes que regresan temblando todavía en la perplejidad del enigma. Aire que se revuelve entre los misterios del toro como una ofrenda a la semilla esencial, al surco de origen. El aire respirado en las palabras de Lilia Boscán de Lombardi viene dando manotazos al vacío para hablarnos de lejanas voces marinas, del amargo sabor de la ausencia, de una herida abierta cautiva en el dolor que balbucea la memoria. Una herida que el mismo aire canta como pájaro escondido que picotea en la sangre que sangra entre la sublime transparencia de una estrella diminuta. Yo conozco ese dolor que no deja de punzar cada noche y que abraza la poca luz que llega a las entrañas.

El día está agonizante

La noche, en Lilia Boscán de Lombardi, es el fondo del silencio sin caricias ni palabras donde solemos besar los escombros de todos los recuerdos. La noche, como la poesía, siempre es otra cosa, es, por ejemplo, reducto de lo divino, espejo invertido de nuestro mundo, fulgor de la Naturaleza, espacio inmutable donde se desnudan los cuerpos solares de lumbres que quiebran el olvido. La noche, espacio vital donde los amantes se lamen las heridas, es, como diría Goethe, la mejor mitad de la vida o quizás sea una puerta muda y fría abierta a mil desiertos como advirtiera Nietzsche. Sin embargo, Lilia insiste en afirmar, con el aroma intacto de las plantas en las manos, que la noche, la noche de su alma, es un mar ansioso donde pescadores morenos lanzan en la oscuridad sus largas redes de esperanza.
Lilia habla de la noche y puedo contemplar, en el fondo de sus palabras, a Novalis tejiendo himnos infinitos sobre el pálido rostro de la amada que lanza besos de fuego desde el corazón de la tierra. Veo a Hölderlin lamiendo misterios en el vientre mismo de la locura. Contemplo a Keats lleno de lunas plateadas resplandeciendo con un brillo distinto, un brillo de fuego demoníaco que soplaba en su frente. Veo a Lilia desde el fondo inquieto de sus palabras sembrando en la penumbra bosques de canto oscuro, sucesiones de instantes que van dando forma a una agonía que persiste ciega de colores y formas. La noche, siempre la noche, de donde partimos para volver siempre.
La noche es un tiempo sin tiempo donde el ser se abandona al vivir sin realidad. Dejarse ir, dirá María Zambrano, entre vida y ser, o entre ser y vida: ser en la vida o vivir bajo el ser como cielo único, como invisible, negro cielo, en la noche del ser. La noche en Lilia Boscán de Lombardi es un sin tiempo visceral que late desde la vida misma en su espesa mundanidad. Mundanidad que permite pro-crear la belleza del sentido, que sublima el sentido mismo de la existencia, que nos vuelve amos y escultores de nosotros mismos. Durante la noche la vida se inmola y, en ese transitar de sombras, Lilia aprovecha para preguntarse si eso que palpita es ella u otra que la habita. Durante la noche, Lilia es círculo que se estrecha y se expande para iluminar los abrumados pasos del amante que la acompaña. Pasos que son testimonios de un largo deambular por la vigilia que contiene las palabras, el misterio ignoto del suspiro detenido. Durante la noche, Lilia se fragmenta y se unifica en una lámpara encendida que despliega sus alas para convocar la llama secreta de los planetas y así, en medio de esa oscura luz secreta, contemplar todas las formas posibles del universo.
El agua y el aire son nombres a través de los cuales se dice la noche en la poesía de Lilia Boscán de Lombardi. Ambos caminos suponen el ascenso al Ser que se debate en la palabra que pronuncia las bocas de una herida abierta. Una herida que guarda Lilia arropada en el cálido fuego del hogar de su alma. Un pequeño cuerpo que es canto de agua, sublime transparencia de gotas derramadas en el candor de la piedra surcada de raíces. Raíces, marcas visibles que le surcan el cuerpo y que esperan el nacimiento del silencio profundo de la noche para crecer hacia dentro, hacia afuera, desde la fragilidad del cuerpo que nace de su cuerpo. Agua, aire y noche confundidos en la encrucijada de un corazón todavía sonriente que a veces es página en blanco, a veces puerto de sombras, otras veces signo que lo nombra todo y otras tantas, deseo ardiente de mantener la casa iluminada hasta el día posterior al encuentro.

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