jueves, 13 de diciembre de 2012

La soledad como camino espiritual


Prólogo a la Antología Poética
Puerto de sombras de Lilia Boscán de Lombardi, por Graciela Maturo


La soledad, signo de la vida interior, acompaña a Lilia Boscán desde los inicios de su escritura poética. He conocido sus libros antes de verlos reunidos en esta obra que pone de manifiesto la singularidad de su voz poética, tocada por la melancolía. Según ella misma nos ha contado, publicó sus poemas en diversas revistas hasta reunir su primer libro, Voces de la memoria, en 1995. Siguieron a éste Surco de origen (2000), En el corazón del vértigo (2002) y Desde el signo que me nombra (2008), reeditados recientemente y reunidos en esta antología juntamente con Letra herida, un libro hasta ahora inédito. Todo lector advertirá la continuidad y unidad profunda de esas obras.
De la primera a la última página se percibe la presencia de un yo en vigilia, consciente de sí, tratando de dominar su afectividad doliente. Un yo que asume una actitud estoica sumando su dolor al dolor del mundo, pero confiando a la vez en el poder redentor del sueño, la imaginación, la palabra. Esa fidelidad al destino poético es vía de salvación e iluminación que se comunica al lector por la vía indirecta de la belleza.
Dibujos en la arena”, “pasos fríos en la noche,” forman el itinerario de esta vida marcada por el sufrimiento y la incomprensibilidad del estar vivo. Duelos y ausencias intensifican al menos en dos momentos ese dolor persistente: la ausencia del padre y la madre, en el primer libro, la pérdida de la hija pequeña - Lilia Carolina - en los últimos.
Lilia elige un tono apagado, alejado del brillo y el énfasis. En el suelto discurso de su habla poética se marcan a veces los ritmos del romance octosílabo o heptasílabo, como asimismo algunos aires de fuga que repiten un pie rítmico de cuatro sílabas, o endecasílabos sueltos. El resultado es un decir de cierta musicalidad suavemente señalada.
Su léxico es amplio, y frecuenta la gama de los tonos oscuros prefiriendo voces como lluvia, neblina, abismo, noche, sombra, nube, viento, que configuran un paisaje nocturnal acorde con un temple de ánimo inclinado a la soledad, el silencio y el recogimiento. La creadora apela a las imágenes elementales del aire y el agua, buscando la levedad de lo inconsútil, la fluidez de lo inasible.
La pregunta se instala a menudo en este decir poético como el reclamo lírico del ser arrojado en el mundo, que busca afanosamente el sentido del todo.
La rememoración irrumpe en el presente con su carga de afectividad, deteniendo hasta cierto punto al tiempo que transcurre con monotonía. Siente la autora el peso espiritual de la reminiscencia y la aplica al rescate de los seres amados, de lugares y momentos vividos. Valora la palabra como cauce de la interioridad y también como arcano que se abre en el fluir de los días, guiando los pasos del solitario.
Algo de plegaria se instala en este discurso sensitivo y tenaz que lucha contra el olvido y el sinsentido. Los leves poemas de Lilia Boscán descubren las inflexiones del ánimo en espera, habitado por el miedo, el ansia de inmortalidad, los nidos o refugios de la memoria que se constituyen en baluartes frente a la implacable entropía que destruye los cuerpos. La muerte se torna omnipresente.

Tanta muerte grabada
en las piedras, en el agua

El alma solitaria penetra en un bosque con peldaños de acero. Su visión del entorno se halla traspasada por la subjetividad anhelante y dolida. Se trata de una poesía que sugiere más que describir; podemos hallar en ella continuas referencias a casas deshabitadas, árboles que se deshojan, aguas cansadas, con gestos que acompañan la caída y otros que intentan de algún modo la reordenación, el rescate.
Prevalecen las imágenes del vacío y la desolación, ante los cuales el alma despliega con heroísmo su batalla silenciosa. Por momentos percibimos cierto clima onírico en que se borran los límites de vida y muerte.

El tiempo se deshoja lentamente
y nadie sabe el camino de los muertos.

El hilo desplegado une los fragmentos
y encuentras el origen.

La muerte se muestra como realidad cotidiana y acaso como perfección del mundo corruptible. Lilia ama los estados crepusculares, la penumbra del amanecer o el anochecer; prefiere transitar esas zonas de frontera que remiten a la muerte o el sueño. Registra instantes fugaces, que parecen cargarse de significación a través de la afectividad que los traspasa.

Nubes amarillas se alejan lentamente
arrastrando los fragmentos de mi vida

La presencia del yo y sus derivaciones asegura la continuidad subjetiva del discurso y le confiere unidad. Nos es dado asistir a los avatares de un alma ansiosa de sentido y origen, tocada por una vocación metafísica irrenunciable. Ella, perdida en el laberinto, intenta coordinar vida y muerte, vida y sueño, en una búsqueda que adquiere tonos universales.

Agua del origen
surco de origen
misterio del hombre.

Mi aliento deja su huella
en los castillos del aire.

Camino sola
sobre restos de caracol
sobre ruinas de recuerdos.

Se perfila en los poemas de Lilia Boscán un camino de introspección conducente al conocimiento profundo del ser. Busca su propio rostro… Porque mi rostro es apenas una huella deshojada en los círculos del agua. Reconoce los hitos iniciáticos de su andadura solitaria, los signos del vivir, el morir y el renacer, en suma el sello de la inmortalidad impreso en la criatura humana, sin que esto alcance a borrar su fragilidad y desamparo:

con ganas de vivir
un poco más
con los muertos
de la tierra.
……….

nacer varias veces
de la misma herida
……….
Amantes en una roca
como dioses inmortales.
…………..

Signos milenarios
grabados por los dioses
en el altar del viento y la ceniza.

Se ve extraña de oficio, naciendo entre las manos del amante, reinventando su propio rostro. Esa búsqueda del propio rostro, que es signo del descubrimiento del ser como núcleo de la persona, conduce a la extra-posición, la mirada desde afuera: observo mi cuerpo ajeno. Desde esa mirada se es capaz de asistir al derrumbe de la propia vida, tomando conciencia de la disolución de lo aparente. Tomo algunos ejemplos:

Y yo, un náufrago en medio de la nada…

……..
Se inmola la vida
en altares de hierba

¿Soy yo
o es la otra
que me habita?
…….
Me llamo
me nombro
abrazo mi dolor
de semilla desterrada

La idea de exilio en el mundo, que es una idea gnóstica, ha penetrado también en la tradición cristiana, y lo ha hecho especialmente a través de los poetas, como puede verse en autores de diversas épocas. En Lilia Boscán, como en el argentino Ricardo E. Molinari, aparece esta idea del hombre en orfandad, exiliado del Reino.
Asoma en la poeta la conciencia del propio error y errar mundano. Las palabras respiran incertidumbre. Vuelve una y otra vez la nota de la palabra herida, el sol cansado, mostrando una situación de naufragio.
El viento, imagen simbólica del espíritu, es una constante del mundo imaginario de Lilia Boscán. Es una presencia fuerte que remite a lo numinoso y oculto, pero también se revela como implacable y cruel.

el viento arrastra
el lamento de los muertos

el viento continúa
alisando piedras

doblando mi cuerpo
sin ningún acuerdo establecido.

La poesía, entendida como rito y ceremonia, nombra lo apenas entrevisto o presentido, el lado oculto de la realidad. Golpean las palabras en el corazón del sueño… ..El mundo es una hoguera, una tumba que espera…., como si un velo de neblina cubriera la realidad de los objetos.

Desfilan las nubes
vestidas de luto
y los rostros lloran
frente a la ventana
…………
El mar es un camino
incierto al infinito

Todo desaparece
…………
el sol se eclipsa
en un campo de sombras.


La ausencia infinita marca la poesía de Lilia Boscán y le confiere un tono fuertemente elegíaco. Poesía eminentemente subjetiva, animiza la naturaleza, extiende lo concreto hacia lo invisible. Llora el devenir del tiempo irrecuperable; sólo en ciertos momentos la intuición de eternidad logra calmar los tonos de la angustia, y alcanzar la serenidad de lo bello:

Vigilia de los astros,
raíces de luna
en la simiente del la noche,
cristal tallado por los días,
penumbra de pájaro dormido
en las aguas del origen.

pétalos de sombra
se anidan en mi pecho.

La autora describe situaciones reales y a la vez metafísicas, que entrecruzan redes de sentido en el mundo real, aparentemente indiferente. Comunica la sensación de sentirse atrapada en una red oculta. Su palabra, que adquiere tonalidades proféticas, da cuenta de un mundo que declina e instala revelaciones apocalípticas. Se ve a sí misma en ese mundo tocado por la irreversible caída de la materia. Voces, visiones vagas, escenas de amor miradas desde afuera, desfilan en sus poemas finales. El dolor, las pérdidas personales, se suman a esta percepción de la ausencia, pero no se trata tan sólo de un dolor personal, trasciende de él un reclamo existencial por la condición humana.
En muchos casos el yo resulta elidido, reemplazado por un modo presentativo aparentemente impersonal, nominal. Así se presentan paisajes irreales, oníricos, lunares, y la mirada percibe la circularidad del tiempo, río que vuelve. La imaginación y el sentimiento se apoderan a menudo del discurso. La crueldad del mundo, que condena a los hombres, justifica el recogimiento, la intimidad con el río, la lluvia, el árbol.

los hombres, ciegos, indefensos
con la muerte a su lado, cabalgando
……………

la fila de los condenados
…………….

El poetizar de Lilia Boscán recoge momentos fugaces de esplendor. Vive el acto de la palabra como ofrenda y rito, acaso un rito salvaje y escondido que va dejando un surco en el alma, transformando el caos en cosmos, dando lugar a un ser dolorosamente renovado. El sueño es la frontera del tiempo, los espejos-rostros son guías hacia el misterio.

Grandiosa unidad
de las mareas,
desmesurado esfuerzo
de los astros
……….

En cascadas de luz /
se derrumba
la tarde
…….
niebla, bosque de silencio
montaña herida
mar llorando.

El dolor de la pérdida la remonta a su destino total, su infancia, su vocación materna. Se imponen las imágenes del ciervo herido, el árbol de neblina. Frente al núcleo sagrado de la infancia se perfilan escenarios de simulacro, máscaras ante las cuales

el alma se refugia
en el último silencio


La autora va imponiendo delicadamente una imagen de sí misma, la de una mujer en la ventana mirando el cielo, las nubes. Esa mujer heroica, asomada al mundo, registra sus remembranzas, conoce los peligros y la alegría del abismo, intuye su realización metafísica. Su palabra, que parece surgida de un pacto con el silencio, quiere ser apenas audible, guardar la riqueza de las horas calladas.
Podría hallarse en estos poemas cierta marca surrealista constatable en su inclinación a la imagen, su atención al sueño y el azar, su entrega a una realidad sin límites. Pero prefiero considerarlos ajenos a las modas de la época y atribuir ese “superrealismo” a cierto cristianismo gnóstico, ciertamente redescubierto por varios surrealistas. En ese decir hay un culto de la imagen que aparece esporádicamente como cuando dice, en un perfecto endecasílabo: un barco anclado en un jardín de flores. o en este otro ejemplo: Nubes como un cortejo de flores azules…

La voz profética adelanta su convicción de la caducidad de lo visible, su fe en la palabra, su afirmación de la nocturnidad salvífica, que se expresa de diversos modos.

El cielo se oscurece,
la noche avanza.
………

me volveré arena
y nave de silencio
………
Estaré a salvo
En los confines del sueño.
…….
Segundo nacimiento
en un bosque de palabras


La poesía de Lilia Boscán es un canto solitario que se contrapone al ruido del mundo; una ofrenda que incendia las palabras para transformar el dolor en belleza. Podríamos decirlo con una de sus bellas imágenes:

Un bosque
navegando en la intemperie





Graciela Maturo
Buenos Aires, 23 de noviembre de 2009.

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