viernes, 13 de abril de 2012

Mitos y símbolos en la poesía de Miguel Hernández

Miguel Hernández es el poeta atormentado que expresa los grandes temas universales interpretando al hombre en su contradicción, escindido entre la luz y la sombra, en lucha permanente entre el bien y el mal; expresa al hombre en sus miedos más ocultos y en sus más recónditos deseos, dando origen a una poesía cósmica atemporal y universal.
El caso de Miguel Hernández es muy singular porque, a pesar de su origen humilde y de su corta pasantía escolar, la vocación lo empuja irremisiblemente a cumplir su destino de poeta, vocación y aptitudes naturales en una persona profundamente sensible que se eleva por encima de las dificultades y limitaciones impuestas por el origen social, por la familia, por el trabajo de pastor; a pesar de todos estos obstáculos, la voz del poeta se fue enriqueciendo y madurando hasta convertirse en el poeta de palabra diáfana, de voz intensa y profunda, de canto ardiente y rebelde o en el poeta del dolor contenido, del sufrir amargo y de honda melancolía de su último libro, “Cancionero y Romancero de Ausencias”.
En 1933 publica el primer libro de poesía: Perito en Lunas, libro fundamentalmente barroco en el que imita claramente a Luis de Góngora. No es casual que Miguel Hernández realice este tipo de poesía sino que, por el contrario, responde al descubrimiento y revalorización de que fue objeto el autor de Las Soledades por los poetas de la generación del 27. En efecto, en ese año se conmemora el tricentenario de la muerte de Góngora ocurrida en Córdoba el 20 de mayo de 1627 y los poetas de la generación del 27 se dieron a la tarea de rescatarlo del olvido de dos siglos que tendieron sobre él y su poesía el más oprobioso silencio y la más injusta incomprensión.
Perito en Lunas está constituido por 42 octavas reales singulares, precedidas por un prólogo de Ramón Sijé.
La constante presencia de la luna en estas octavas y en otros poemas de 1933-1934, dan unidad y coherencia a este primer libro rico en metáforas e imágenes sorprendentes y en invenciones lingüísticas de gran efecto estético como en la octava IV cuando dice:

¡Ya te lunaste! Y cuanto más se encona,
más. Y más te hace eje de la rueda
de arena, que desprecia mientras junta
todo tu oro desde punta a punta1.

El motivo lunar va a estar presente no sólo en Perito en Lunas sino en toda la obra del poeta.
Miguel Hernández se define lunicultor, cultivador de la luna, poeta. La luna cobra todo su significado de poesía, luna = poesía, y puesto que la luna connota luz, pero también misterio, vida y muerte, con todas esas y otras significaciones será utilizada por el poeta. La luna por su forma y su color va a ser base de múltiples metáforas en las octavas de Perito en Lunas como en la octava XIX en la que la luna es mujer, es gitana de belleza bronceada “siempre en mudanza”, “siempre dando vueltas”.
En otros poemas, los de 1933 – 1934, así como en el resto de sus obras, la luna tendrá una significación más compleja ligada al mito primitivo de la luna – mujer – fecundidad y asociado al gran tema hernandiano de la angustia existencial, de la búsqueda de lo absoluto y el afán de trascendencia.
La presencia temprana de mitos y símbolos como la higuera, la serpiente, la luna, el toro con los que interpreta a la realidad y expresa su mundo interior, ponen en evidencia la coincidencia de la visión del mundo animista y naturalista de Miguel Hernández con la de los pueblos primitivos. La sacralización de la vida orgánica se presenta como una estructura significativa que da coherencia a toda su obra poética. Así como el hombre primitivo explica el origen de la vida y el misterio de la muerte a través de mitos y símbolos, Miguel Hernández también expresará temas como el amor, la felicidad, la muerte, el erotismo, el afán de trascendencia, con mitos y símbolos reveladores de la dimensión inconsciente del poeta. La naturaleza nunca es exclusivamente “natural”, está siempre cargada de un valor religioso porque el cosmos es una creación divina: salido de las manos de Dios, el mundo queda impregnado de sacralidad.
El rayo que no cesa fue publicado en 1934 en la imprenta del poeta Manuel Altolaguirre y constituye un libro de amor apasionado, inspirado por la novia Josefina Manresa a quien había conocido en un taller de la calle mayor donde ella trabajaba. Son poemas de amor que nacen del conflicto entre la pasión del poeta y la contención y timidez de la novia, amor atormentado íntimamente unido a la muerte.
En muchos poemas de El rayo que no cesa los símbolos dominantes son: hacha, cuchillo, rayos, espada, piedra, estalactitas, símbolos de significado fálico que evidencian el tema del amor erótico y la insatisfacción sexual y tienen un evidente sentido trágico; pero hay otros símbolos como la tierra, el toro, la sangre que aparecen con insistencia.
El mito bíblico de la creación del hombre a partir del barro y la sacralización y el simbolismo de la tierra en los mitos primitivos están presentes en los versos del soneto 15:

Me llamo barro aunque Miguel me llame
barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame2.


En la conmovedora Elegía a Ramón Sijé, el mito de la tierra se hace presente vinculada a la vida y a la muerte. De ella brota la vida y en ella descansan los muertos, es cuna y sepultura. La tierra es diosa de la fecundidad y de la vida porque en ella se cumple el ciclo completo del ser: nacimiento, desarrollo, muerte y resurrección.
La tierra como símbolo va aparecer también en muchos de los últimos poemas del autor con el doble significado de vida y muerte. En muchas culturas primitivas se realiza las síntesis cosmobiológica Tierra - Madre - Luna, figuras típicas de la mitología agraria. La tierra es la mejor expresión de la fecundidad y de la maternidad, es el elemento femenino por excelencia y fecundada produce las plantas, el alimento, la vida pero también recibe a los muertos, los devora, aunque los devuelva transformados en otros seres naturales. La tierra es madre y nodriza universal, imagen ésta que se encuentra por todas partes, bajo formas y variantes innumerables. Es la <> o la <>, bien conocida de las religiones mediterráneas, que da vida a todos los seres. <>
Las Coéforas de Esquilo y muchos mitos indígenas, contienen esta glorificación de la tierra como cuna y como sepultura.
Miguel Hernández anhela fundirse con la tierra en una actitud panteísta profundamente angustiada. Se abraza a la tierra consoladora deseando perpetuarse, venciendo a la muerte aniquiladora. La resurrección a la que aspira no es la misma del ideal cristiano. Su angustia existencial no se resuelve en una esperanza de vida eterna según establece el cristianismo. Miguel Hernández es religioso pero se ha alejado del catolicismo, reconciliándose con la naturaleza, con el Cosmos, que por ser hechura divina, es sagrado. Miguel Hernández es parte de esa naturaleza, una savia de vida natural lo recorre; él es un ser más de ese mundo maravilloso al que pertenece y en él anhela permanecer después de muerto, inmerso en la materia sagrada del Cosmos; unión mística con el Cosmos que se traduce en eternidad.
Miguel Hernández no quiere ser estatua ni quiere ser momificado por el tiempo. Su vitalidad exuberante ahuyenta a la muerte fría de polvo secular; lo que quiere es vida, ser y dar vida reintegrada plenamente a la tierra en amorosa y fecunda unión; la tierra es soñada como una totalidad viva, sagrada. El agua va a constituir otro de los hermosos mitos poéticos de consuelo frente a la muerte elaborados por el poeta y desarrollados en Égloga y El Ahogado del Tajo, dedicados, el primero, a Garcilaso y el segundo, a Bécquer, poetas admirados y con los que coincide en la visión atormentada del amor. Agua es vida y eternidad al mismo tiempo que es muerte, evoca una pérdida, una huida. Garcilaso es como aquellas “corrientes aguas, puras, cristalinas” que recorren plácidamente su poesía. Garcilaso es agua, así como Miguel Hernández es tierra:

Yo que llevo cubierta de montes la memoria
y de tierra vinícola la cara
esta cara de surco articulado4.

El toro es otro símbolo fundamental en la poesía de Miguel Hernández significando amor y muerte, el doble sentimiento que gobierna la vida del poeta: erotismo – amor y conciencia de la muerte, el destino trágico del hombre, nacido para morir. Esta dualidad amor y muerte, define al toro. Del mito clásico arranca la significación toro = erotismo, cuando Júpiter se transforma en toro “color del sol con cuernos de luna creciente” para raptar a Europa. El toro es símbolo de fuerza y virilidad con poder fecundador pero también es símbolo de muerte, de allí, la identificación del poeta con el toro, el destino de muerte los une: el poeta y el toro son victimas impotentes del destino.
La vida trágica del toro se emparenta con la vida trágica de Miguel Hernández, tragicidad reafirmada por otros símbolos como el cuchillo y la sangre.
El tema del destino fatídico y de vida amenazada se vuelve obsesivo delatando la angustia y la crisis existencial del poeta plasmado en las imágenes desgarradas de “Sino Sangriento”:

Criatura hubo que vino
desde la sementera de la nada,
y vino más de una,
bajo el designio de una estrella airada
y en una turbulenta y mala luna5.

Las imágenes de violencia y destrucción se suceden vertiginosamente en un movimiento furioso que expresa el nacimiento del poeta marcado por la desgracia. Una hecatombe universal se produjo y cayó sobre él todo el odio del mundo y todo el furor cósmico. El símbolo del cuchillo heridor del “El rayo que no cesa” vuelve a aparecer en este dramático poema:

Vine con un dolor de cuchillada,
me esperaba un cuchillo a mi venida,
me dieron a mamar leche de tuera,
zumo de espada loca y homicida,
y al sol el ojo abrí por vez primera
y lo que vi primero era una herida
y una desgracia era6.

Con el fatídico cuchillo, símbolo de muerte, va la sangre y la imagen de víctima sangrante del poeta. La sangre, sinónimo de tragedia y muerte lo persigue desde su nacimiento; la sangre define lo humano, cada persona es “otro borbotón de sangre”, “otra cadena”, y la Humanidad es un conjunto de sangres, un río de sangres.
<>, <>, <>, <>, <>, son algunas de las imágenes que conforman un paradigma revelador de la conciencia de destino trágico que tiene el poeta.
Otro poema desarrollado sobre la imagen de la sangre es Mi sangre es un camino, que muestra un tratamiento temático semejante. La sangre es la simplificación del ser humano que se exalta acosado por el deseo; el hombre es cuerpo, es sangre, es deseo de amor, deseo violento, que el poeta expresa plásticamente con imágenes violentas, agresivas, y un lenguaje crispado dominado por la aliteración. Los sustantivos contundentes y duros: martillazos, mordiscos, bramidos, garfios, erizo, uñas, hornos, herrería, y los verbos de movimiento que expresan dolor y tortura como clava, enloquece, rodea, altera, caiga, nos dicen de la pasión atormentada y del deseo furioso que domina al poeta, que una vez más está simbolizado por el toro, apasionados y trágicos los dos.
El diálogo con la amada se hace súplica ardiente y desesperada, y las imágenes del toro y la sangre se suceden con violencia:

Mujer, mira una sangre,
mira una blusa de azafrán en celo,
mira un capote liquido ciñéndose en mis huesos
como descomunales serpientes que me oprimen
acarreando angustia por mis venas7.


La sangre, liquido vital, se agiganta amenazadora como fuerza sagrada que domina al hombre con su dictamen feroz como si estuviera acometido por “herramientas de muerte, rayos, hachas”. La sangre enamorada busca desesperadamente su fusión con la sangre de la amada; el deseo erótico se desborda en imágenes colmadas de pasión; después de haber tenido una crisis y un conflicto entre las llamadas de su cuerpo y el complejo de culpa, Miguel Hernández se libera de “la serpiente de las múltiples cúpulas”, “la serpiente escamada de casulla y cálices”, cuyos “anillos verdugos” / reprimieron y malaventuraron la nudosa sangre de mi corazón/ y libre, acepta sin remordimiento al cuerpo y al deseo, no como pecado, sino como expresión del amor y de la vida, por eso es la expresión cruda y directa de su pasión primitiva con imágenes desenvueltas, de gran espontaneidad y de gran belleza; la naturaleza que es poesía, vive en los versos de Miguel Hernández prodigándose en simplicidad, en sencillez y en pureza:

Ay qué ganas de amarte contra un árbol,
ay que afán de trillarte en una era,
ay qué dolor de verte por la espalda,
y no verte la espalda contra el mundo8!


El poeta sabe que su sangre es un camino que termina en las entrañas de la amada, íntima fusión para perpetuarse eternamente. La sangre es entonces, fuente de vida, del amor, aun cuando también es tragedia, muerte, sangre derramada al cumplirse el destino fatídico que amenaza al hombre y lo empuja a la nada. Cada ser sólo es camino de paso de la sangre, un objeto, un camino hacia la muerte donde desembocan todos los ríos de sangre de la humanidad.
La preocupación existencial de Miguel Hernández sobre la vida y la muerte lo lleva a definir una mística naturalista de la sangre por la cual el hombre se eterniza y perpetúa en el hijo, representación de la Humanidad futura. Sangre-vida, “esbelta y laboriosa”, que no solo lo empuja al amor, sino sangre que lo impulsa a luchar por la patria, por los pobres, por la humanidad; la sangre se suma a otras sangres en un esfuerzo común por liberar al hombre de la opresión y el sufrimiento. En este conjunto de poemas escritos entre 1935 y 1936, domina el tono sombrío, proveniente de la intuición de vida amenazada y de destino trágico.
Temas de amor, vida y muerte se convierten en metáforas obsesivas en la obra de Miguel Hernández, reveladoras de su mito personal. La muerte acechante, el ansia de amor, el terror a la nada, el deseo de trascendencia, el destino asumido como fatalidad, son los componentes de este mito personal que el poeta expresa con una serie de construcciones míticas: mito del agua preservadora, mito de la tierra eternizadora, mito de la sangre, mito de la luna, reveladores de la angustia existencial del poeta.
La proximidad de Miguel Hernández al hombre primitivo se manifiesta en que ambos tienen semejantes preocupaciones existenciales y buscan la explicación a estos fenómenos humanos. Ambos participan de lo sagrado de la naturaleza y recurren a los mitos para salvarse de las fuerzas destructoras que pueblan el mundo misterioso que lo rodea. El amor y la muerte son expresados con numerosos símbolos e imágenes que se integran en un orden que refleja una visión coherente del mundo y del espíritu. Expresar a la naturaleza como un todo sagrado del que forma parte el poeta revela el fondo religioso de Miguel Hernández y su angustia existencial porque la visión del mundo trágica no puede disociarse de su condición animista de la naturaleza, sino que ésta última es expresión de la primera, <>, penetrado de sentido trágico revelador de los fantasmas del poeta y de su “mito personal”.
El mito personal designa primero una imagen compleja que parece habitar lo psíquico del poeta y que consiste en una mutación de la sangre y del cuerpo en savia vegetal. El mito personal se va a manifestar constantemente a lo largo de la obra de Miguel Hernández combatido y vuelto a resurgir al cabo de desarrollos diversos y a veces contradictorios y va a desembocar en el compromiso político y en la participación activa en la Guerra Civil.
Viento del pueblo (1937) es el tercer libro de poesía de Miguel Hernández, producto de la vivencia personal durante la circunstancia más dolorosa de la España Contemporánea: la guerra civil, contienda terrible que enlutó al territorio español sumiéndolo en la más honda tragedia de muerte y destrucción.
Miguel Hernández, con el idealismo del más puro romanticismo, se lanza a la lucha con su voz de poeta y con el fusil de soldado. Pero es una voz diferente porque ha asumido al pueblo, se siente llamado a ser intérprete y guía de esa masa popular que, desde las filas republicanas, lucha por un país mejor, en el que desaparezcan la injusticia y la explotación. La fe en ese ideal y el amor al pueblo marginado, a esos pobres de España de cuyas filas forma parte, lo llevan a asumir ardorosamente el compromiso político y su voz de poeta será la voz del pueblo en lucha. Por eso su poesía cambia al alejarse de la poesía intima que ponía el acento en el canto de amor y en todos aquellos temas individuales y subjetivos; de aquella temática individual, el poeta pasa a una temática de tipo social. Su poesía se transforma en poesía social de clara intención política. En realidad, en la poesía de Miguel Hernández cada etapa corresponde a una formalización diferente del mensaje. El rayo que no cesa tiene un formalismo ultraclásico, a través de moldes tradicionales y con referencia a un yo a la vez sujeto y objeto. Los poemas de guerra marcan un nuevo rumbo formal que apuntan a lo universal con un doble sistema de referencia, el yo y el mundo, la guerra y los hombres, etc. Viento del pueblo así como El pastor de la muerte y el Teatro en la guerra son obras producto del compromiso político de Miguel Hernández y es la expresión del momento histórico que vive el país.
El hombre acecha fue compuesto entre 1937 y 1939, con dedicatoria a Pablo Neruda. Consta de dieciocho poesías, que por su contenido, es la continuación de Viento del pueblo. Sin embargo el tono del poeta ha cambiado y el optimismo anterior se ha trocado en tristeza y amargura.
La guerra ha sido una experiencia esclarecedora de la violencia y la crueldad humana. El hombre es víctima del hombre, el hombre acecha al hombre. Aún cuando hay poesías que continuarán siendo de denuncia social, de propaganda y de llamado al combate, hay otras en que predomina la tristeza, el cansancio y la desilusión, consecuencia de ese tiempo de sangre, de ese camino de sangre que recorre a España.
El último libro de poemas de Miguel Hernández, Cancionero y Romancero de Ausencias, así como la sección titulada Últimos Poemas, corresponden al periodo 1938 – 1941 escrito en la desgracia de la derrota, en la felicidad del matrimonio (9-3-37), el nacimiento del primer hijo (19-12-37), el horror de su pérdida (19-10-38) seguida del nacimiento de otro hijo (4-01-39), escrito, finalmente, en la experiencia cotidiana del condenado y del preso político. Son pues los poemas que, intensamente humanos, van a oscilar entre el canto apasionado de amor a la esposa y el dolor y la pesadumbre por la muerte de su primer niño; cantos iluminados y ensombrecidos por la separación injusta de la esposa y del segundo hijo que como un eco del primero llenó de ilusión y gozo esos sombríos años de cárcel absurda que lo condujeron finalmente a la muerte.
En este poemario, igual que en El Rayo que no cesa, además del tono bajo, melodioso e íntimo, el objeto del canto es el mismo, Josefina. El canto a la novia se transforma en canto a la esposa y a la madre; el canto de amor insatisfecho, de pena de amor, es ahora canto de amor pleno, aunque también es pena de ausencia. Amor y dolor, vida y muerte son los ejes temáticos de esta última parte de la obra de Miguel Hernández, que realmente, son los ejes temáticos de toda la obra, expresión fehaciente de una vida atormentada entre el ansia de vivir y la certeza del destino de muerte que amenaza al hombre. En este libro, el autor maneja gran cantidad de mitos y símbolos de la misma forma como lo hace el hombre primitivo, identificándose con su concepción del mundo sacralizadora de la vida orgánica.
Miguel Hernández sabe entablar un dialogo con el Cosmos y utiliza el lenguaje simbólico. Entre estos símbolos, la luna aparece insistentemente. Ya dijimos antes las variadas significaciones que tiene en Perito en Lunas, asociada sobre todo al misterio de la poesía y al destino poético del autor, aun cuando ya se hacia referencia a la significación de maternidad y fecundidad. A través de los mitos y los símbolos de la luna, el hombre percibe la relación de solidaridad entre tiempo, nacimiento, muerte, resurrección, sexualidad, fertilidad, lluvia, vegetación, etc. Siendo la luna el astro de los ritmos vitales, que <> la luna es entonces, tiempo, vida que nace, crece y muere en el fluir del tiempo.

En el primer poema (Hijo de la Sombra), del tríptico Hijo de la Luz y de la Sombra, la luna está unida a la noche, a lo femenino y a la fecundidad. Los primitivos están convencidos que la luna ejerce una acción sobre la mujer como lo ejerce sobre la vegetación; por eso, la luna es vida, es fecundidad y la esposa es <>. La luna preside el amor de los amantes y la amada es noche, fuente de oscuridad, es sombra, es luna.
Si la esposa es luna, oscuridad, la media noche, el esposo, en cambio, es sol, luz, claridad, fuego, día. El amor convierte a su cuerpo en una llamarada, todo su ser se enciende poseído por el sol, por su fuerza y su poder, amor cósmico que rompe los límites de lo humano, en una identificación con el universo.
El vientre de la esposa se ha hecho <>, recogiendo en <>, y el hijo que está en la sombra como un anhelo como una aspiración brotará como un relámpago de esa unión cósmica hecha de luceros y de luna, de sol y fuego; el hijo está en la esposa – sombra, en la esposa – noche.
La unión astral se cumplió y Miguel Hernández ha recreado el antiguo mito de las bodas del sol y de la luna; la identificación de la esposa con la luna y con la noche proviene del sentido de feminidad que siempre se les ha dado en todas las mitologías; siempre aparecen relacionadas con el principio pasivo, lo femenino y el inconsciente; y el sentido de generadora de vida, coincide con el que le da Hesíodo que llamó a la noche, madre de los dioses, por ser opinión de los griegos que la noche y las tinieblas han precedido la formación de todas las cosas, de allí el significado de fertilidad, de simiente. El hecho de ser esposa – sombra, sugiere que sin ser día, es el estado previo, promete el día y lo prepara.
En el poema II del tríptico (Hijo de la Luz), una vez fecundada, la esposa deja de ser noche para convertirse en alba, hecha de luz difusa, como un tenue amanecer, <> que como un tímido fulgor se convertirá en luminoso esplendor. El sol, el fuego y la luz van a ser los símbolos sobre los que se desenvuelve este segundo poema de la trilogía del Hijo de la Luz y de la Sombra.
El útero materno es centro de claridades; el hijo anhelado es luz, es eje de sus vidas, sobre él asentarán su felicidad.
Igual que la concepción del hijo, el parto se presenta igualmente cósmico y el poeta acude a la hipérbole para significar su grandiosidad:

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido9.


El nacimiento del hijo metafóricamente expresado con el nacimiento del sol, se vincula también a aquellos mitos primitivos que explicaban el origen del fuego como producido por el vientre de la mujer; veamos el paralelismo entre el último verso de la estrofa citada y un mito de América del Sur recogido por Frazer en el libro Mitos sobre el Origen del Fuego y que cita Gastón Bachelard en su obra Psicoanálisis del fuego; en este mito el héroe quiere obtener el fuego que es la base del mito de Prometeo, y para ello persigue a una mujer, la atrapa, la sujeta y la amenaza con hacerla prisionera si no le revela el secreto del fuego.

Después de varias tentativas de escape, la mujer consintió en ello. Se sentó sobre el suelo, con las dos piernas muy separadas. Apretando con los puños la parte superior de su vientre, le imprimió una enérgica sacudida y una bola de fuego rodó sobre el suelo fuera de su conducto genital10.

El proceso del parto ha terminado con el nacimiento del fuego, fuego del amor como dice Bachelard, de la misma manera como en la estrofa citada, la esposa ha parido al hijo – sol. La esposa está identificada con el Cosmos, con el Universo y es una deidad generadora del sol, de la aurora, de la vida; por eso, en el nacimiento, <>. Miguel Hernández está recreando el mito de la creación. Las tinieblas prenatales corresponden a la noche anterior a la creación y a las tinieblas de la choza iniciática…La noche de la que cada mañana nace el sol simboliza el caos primordial y la salida del sol es una réplica de la cosmogonía. La esposa es la divinidad de donde procede el sol, el hijo – sol que primero fue sombra. Todas las experiencias religiosas en relación con la fecundidad y el nacimiento tienen una estructura cósmica.
El hijo ha llegado y con él, la eternización de los padres. La corriente de sangre, de vida de los padres no se detiene sino que se continua en la del hijo que será a su vez simiente de otras vidas y los padres vivirán en la memoria del hijo, en la de los hijos de éste y en todos los hijos y será un consuelo ante la muerte porque no se desaparece del todo en esta carrera de relevo que es la vida, por eso el poeta dice:



Hijo del alba eres, hijo del mediodía
y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas11.


En el poema III (Hijo de la luz y de la sombra), el entusiasmo y la alegría por el acontecimiento de la llegada del hijo, continúa en unos versos plenos de amor y de ternura a la esposa donde las imágenes hiperbólicas traslucen la magnitud de sus sentimientos y emociones. La lactancia, el hecho tiernísimo de lactar al recién nacido le dicta versos emocionados de una belleza sin límites. El mána, hecho de leche y miel que brota de la madre, alimenta al hijo amado:

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma12.


El amor apasionado a la esposa se traduce en aspiración de unión total permanente, ser el uno en el otro, unidad indivisible y eterna, aspirando el poeta a quedarse para siempre en el vientre materno. La esposa – madre cobra un sentido nuevo al convertirse en anhelo de refugio para el poeta.
El amor eterniza a los amantes y este amor cósmico, eterno, absorbe y asume todo el infinito y todo el tiempo. Los amantes son los protagonistas de un amor sin tiempo y sin espacio; es el amor mítico de los primeros hombres, son el símbolo del amor eterno y son por lo tanto los salvadores del mundo, los salvadores de la humanidad que es trascendida y salvada del olvido gracias al amor:

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo13.


Cada libro de poemas traduce las experiencias, las vivencias y conflictos existenciales del poeta; el despertar sexual, el conflicto entre el amor y el temor al pecado, el alejamiento de la religión católica, el amor por Josefina y los sufrimientos que se derivan del amor insatisfecho; el dolor por la muerte del amigo, la guerra civil, el matrimonio, los hijos, la cárcel, toda su vida recorre esta poesía que como la vida misma es contradictoria, unas veces luminosa, sonriente y optimista y otras, terriblemente triste, ensombrecida por la pena, por la desilusión y la muerte. Es la dialéctica de la vida que se traduce en una poesía igualmente dialéctica, de movimiento pendular entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte. La esencia trágica de la existencia humana queda hermosamente expresada en los siguientes versos:

Llegó con tres heridas,
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor. 

El Amor en la poesía de Miguel Hernández

Miguel Hernández es un poeta universal que ha sabido expresar en su poesía, los grandes temas existenciales del ser humano.
Nació en Orihuela, provincia de Alicante, el 30 de Octubre de 1910. Sus padres fueron muy humildes: Miguel Hernández Sánchez, pastor, que sabía apenas leer y escribir y Concepción Gilabert Giner quien tendría una vida muy dura de sometimiento al esposo y quien trataría con extrema severidad a sus hijos. Miguel igual que su hermano Vicente, van a ser pastores también, mientras que sus hermanas hacían las tareas domésticas. Su hermana Josefina muere cuando Miguel tenía 9 años. Ese doloroso recuerdo está presente en el poema Hermanita Muerta que aparece en los poemas de adolescencia.
Miguel Hernández es poeta por vocación. No tuvo la oportunidad de hacer estudios sistemáticos que significara formación humanística y literaria. Se fue haciendo en el tiempo nutriéndose de lecturas diversas bajo la dirección de Ramón Sijé, su entrañable amigo, quien junto a Luis Almarcha, cura de la Catedral de Orihuela y vecino del poeta orientaron y estimularon su temprana vocación poética. Primero fueron las tertulias con los amigos de adolescencia, en las que se discute sobre poesía, se leen textos de diversos autores, se conocen y discute sobre lo que cada quien escribe, unidos todos por un mismo entusiasmo por la poesía. Miguel Hernández se deslumbrará por la obra de los clásicos españoles. Leerá con pasión a Garsilaso y San Juan de la Cruz, a Lope de Vega y Cervantes, a Góngora y Calderón de la Barca. Descubrirá los poetas románticos y modernistas y a los escritores de la generación del 98. Influido por esas lecturas, escribe sus primeros poemas en los que, además, se revela la presencia de la naturaleza con la cual está en permanente contacto por su condición de pastor. Las luciérnagas, los grillos, los saltamontes, la escarcha, los pájaros o los árboles, todo es susceptible de convertirse en poesía. A los 16 años ya ha escrito numerosos poemas donde quedan plasmados el paisaje levantino, la vida pastoril, la naturaleza que lo rodea.
Por la necesidad de conocer otro ambiente y de probar fortuna en las letras, va a Madrid en 1931, sin que tal viaje colmara sus expectativas aunque conoció las nuevas tendencias literarias y se beneficio del ambiente creado por el centenario de Góngora y de la influencia que ejerce en la restauración de las formas clásicas.
En el segundo viaje a Madrid la suerte le sonríe. Ya ha publicado Perito en Lunas y terminado el Auto Sacramental Quien te ha visto y quién te ve y Sombra de los que eres (1934); también las prosas, algunos Silbos y los poemas iniciales de Imagen de tu huella, primer título de El silbo vulnerado y El rayo que no cesa, que son en verdad, un solo libro. Recibe una cordial acogida de los poetas del momento. José Bergamín publica en la Revista Cruz y Raya, el Auto sacramental, recibiendo elogiosos comentarios. Se relaciona con Alberti, Neruda, García Lorca María Zambrano, Vivanco, Altolaguire y Vicente Aleixandre con quien entablará una hermosa amistad. La nueva poesía de estos escritores del 27 le abre nuevas posibilidades y nuevos caminos para la suya, alejándose del estilo y la temática de aquellos primeros poemas de adolescente.
El caso de Miguel Hernández es muy singular porque, a presar de su origen humilde y de su corta pasantía escolar, dos años en el Colegio de los Jesuitas de Santo Domingo en Orihuela, la vocación lo empuja irremisiblemente a cumplir su destino de poeta, vocación y actitudes naturales en una persona profundamente sensible que se eleva por encima de las dificultades y limitaciones impuestas por el origen social, por la familia, por el trabajo de pastor; a pesar de todos estos obstáculos la voz del poeta se fue enriqueciendo y madurando hasta convertirse en el poeta de palabra diáfana, de voz intensa y profunda, de canto ardiente y rebelde o en el poeta del dolor contenido, del sufrir amargo y de honda melancolía de su último libro, Cancionero y Romancero de Ausencias . En carta que le envía a Juan Ramón Jiménez a Fines de 1931, antes de su primer viaje a Madrid dice:
“… Como le he dicho, creo ser un poco poeta. En los prados, porque yerro con el cabrío, ostenta natura su mayor grado de hermosura y pompa: Muchas flores, muchos ruiseñores y verdores, muchos cielos y muy azul, algunas majestuosas montañas y unas colinas y lomas tras las cuales rueda la gran era azul del Mediterráneo…..Por fuerza he tenido que cantar… Inculto, tosco, se que escribiendo poesía profano el divino Arte… No tengo culpa de llevar en mi alma una chispa de la hoguera que arde en la suya… ” .
El contacto con el campo, con la naturaleza es la experiencia mas sostenida y más temprana y por lo tanto su presencia será una constante en toda la obra de Miguel Hernández. El contacto directo con la naturaleza le revela grandes misterios: La hora de salida de la luna y los luceros, las propiedades de ciertas hierbas, el tiempo más propicio para ayuntar el rebaño etc. Miguel contempla maravillado el rito nupcial de las ovejas o el nacimiento de un cordero. En toda su obra veremos la huella profunda de esta visión pura e inocente de lo sexual. Esta sexualidad que descubre en la naturaleza y en si mismo va a impregnar fuertemente su poesía que desde muy temprano también va mostrar la sombra de la muerte.
El descubrimiento de su cuerpo y de los impulsos sexuales, los cambios físicos que va experimentando, serán temas permanentes en los primeros poemas juveniles, expresados libremente, con naturalidad y espontaneidad, utilizando un lenguaje metafórico en el que “el sexo-imagen se transparenta bajo el objeto más inocente” y donde variados símbolos, de clara connotación erótica, ponen en evidencia el interés de Miguel Hernández por el cuerpo y el despertar de la sexualidad.
En el poema Adolescente aparecen, dando cuenta de ese despertar sexual dos símbolos que al estar juntos, nos hacen evocar el mito bíblico de Adán y Eva: La higuera y la culebra.

Crece
bajo la higuera
verde
que almidona la siesta,
que le escuece.
Oye mudarse
de camisa
la culebra
fundada
en su silbido
crece
hasta
almidonarse también
bajo los negros higos.(O.C.p.36)

La higuera y el higo tienen una clara connotación sexual; de hojas de higuera fue el taparrabo con que se cubrieron Adán y Eva cuando se percataron de su desnudez, una vez que comieron del fruto prohibido por insinuación de la serpiente: “Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta que estaban desnudos y se hicieron unos taparrabos cosiendo unas hojas de higuera” (Génesis 3). La higuera y el higo van a aparecer repetidamente en poemas de este periodo como en Oda a la higuera y en Diario de Junio. El mito bíblico vuelve a aparecer en el poema Culebra. Estos poemas juveniles son todos de idéntica frescura como el poema Olores o el poema Niña al Final en el que el poeta se refiere al interés que la joven presta a los cambios de su cuerpo en la adolescencia y también a la importancia que va teniendo el sexo opuesto:
Me empino para ser
mujer, pero
no llego.

Ya me subo
medias y ligas,
ya me bajo la falda
a la misma cintura de la rodilla (O.C.p.38).

En 1933 publica el primer libro de poesía: Perito en Lunas, libro fundamentalmente barroco en el que imita claramente a Luis de Góngora. No es casual que Miguel Hernández escriba este tipo de poesía, sino que por el contrario, responde al descubrimiento y revalorización de que fue objeto el autor de Las Soledades por los poetas de la generación del 27.

En efecto, en ese año se conmemora el tricentenario de la muerte de Góngora ocurrida en Córdoba el 20 de mayo de 1627 y los poetas de la generación del 27 se dieron a la tarea de rescatarlo del olvido de dos siglos, que tendieron sobre él y su poesía, el más oprobioso silencio y la más injusta incomprensión.

Perito en Lunas está constituido por 42 octavas reales singulares, precedida por un prólogo de Ramón Sijé. La constante presencia de la luna en estas octavas y en otros poemas de 1933-1934, dan unidad y coherencia a este primer libro, rico en metáforas e imágenes sorprendentes y en invenciones lingüísticas de gran efecto estético. El motivo lunar va estar presente en toda la obra del poeta y tendrá una significación más compleja ligada al mito primitivo de la luna-mujer-fecundidad y asociados al gran tema hernándiano de la angustia existencial, de la búsqueda de lo absoluto y el afán de transcendencia.

La presencia temprana de mitos y símbolos como la higuera, la serpiente, la luna, el toro, la sangre, con los que interpreta a la realidad y expresa su mundo interior, pone en evidencia la coincidencia de la visión del mundo animista y naturalista de Miguel Hernández con la de los pueblos primitivos. La sacralización de la vida orgánica se presenta como una estructura significativa que da coherencia a toda su obra poética. Así como el hombre primitivo explica el origen de la vida y el misterio de la muerte a través de mitos y símbolos, Miguel Hernández también expresará temas como el amor, la felicidad, la muerte, el erotismo, el afán de trascendencia, con mitos y símbolos reveladores de la dimensión inconsciente del poeta. La naturaleza nunca es exclusivamente “natural”, esta siempre cargada de un valor religioso porque el cosmos es una creación divina: salido de las manos de Dios, el mundo queda impregnado de sacralidad.

En 1934 publica el libro El Rayo que no Cesa que es un libro de amor apasionado, inspirado por la novia Josefina Manresa a quien había conocido en un taller de la calle Mayor donde ella trabajaba. Son poemas de amor que nacen del conflicto entre la pasión del poeta y la contención y timidez de la novia, amor atormentado íntimamente unido a la muerte.

En muchos poemas de este libro los símbolos dominantes son: hacha, cuchillo, rayos, espada, piedra, estalactitas, símbolos de significado fálico que evidencian el tema del amor erótico y la insatisfacción sexual.

El toro es un símbolo fundamental en la poesía de Miguel Hernández significando amor y muerte, el doble sentimiento que gobierna la vida del poeta: erotismo-amor y conciencia de la muerte, el destino trágico del hombre, nacido para morir. Esta dualidad amor y muerte, define al toro. Del mito clásico arranca la significación toro-erotismo, cuando Júpiter se transforma en toro “color del sol con cuernos de luna creciente” para raptar a Europa. El toro es símbolo de muerte, de allí, la identificación del poeta con el toro, el destino de muerte los une: el poeta y el toro son victimas impotentes del destino. La vida trágica del toro se emparenta con la vida trágica de Miguel Hernández, tragicidad reafirmada por otros símbolos como el cuchillo y la sangre.

La preocupación existencial de Miguel Hernández sobre la vida y la muerte lo lleva a definir una mística naturalista de la sangre por la cual el hombre se eterniza y perpetúa en el hijo, representación de la humanidad futura. Sangre-vida, “esbelta y laboriosa” que no sólo lo empuja al amor sino sangre que lo impulsa a luchar por la patria, por los pobres, por la humanidad; la sangre se suma a otras sangres en un esfuerzo común por liberar al hombre de la opresión y el sufrimiento. Temas de amor vida y muerte se convierten en metáforas obsesivas en la obra de Miguel Hernández, reveladoras de su mito personal. La muerte acechante, el ansia de amor, el terror a la nada, el deseo de transcendencia, el destino asumido como fatalidad, son los componentes de este mito personal que el poeta expresa con una serie de construcciones míticas: mito del agua preservadora, mito de la tierra eternizadora, mito de la sangre, mito de la luna, reveladores de la angustia existencial del poeta.

La proximidad de Miguel Hernández al hombre primitivo se manifiesta en que ambos tienen semejantes preocupaciones existenciales y buscan la explicación a estos fenómenos humanos. Ambos participan de lo sagrado de la naturaleza y recurren a los mitos para salvarse de las fuerza destructoras que pueblan el mundo misterioso que lo rodea. El amor y la muerte son expresados con numerosos símbolos e imágenes que se integran en un orden que refleja una visión coherente del mundo y del espíritu. Expresar a la naturaleza como un todo sagrado del que forma parte el poeta revela el fondo religioso de Miguel Hernández y su angustia existencial porque la visión del mundo trágica no puede disociarse de su condición animista de la naturaleza, sino que ésta última es expresión de la primera: “materialismo místico”, penetrado de sentido trágico revelador de los fantasmas del poeta y de su “mito personal”.

Viento del pueblo (1937) es el tercer libro de poesía de Miguel Hernández, producto de la vivencia personal durante la circunstancia más dolorosa de la España contemporánea: la guerra civil, contienda terrible que enlutó al territorio español sumiéndolo en la más honda tragedia de muerte y destrucción. Miguel Hernández, con el idealismo del más puro romanticismo, se lanza a la lucha con su voz de poeta y con el fusil de soldado. Pero es una voz diferente porque ha asumido al pueblo, se siente llamado a ser intérprete y guía de esa masa popular que, desde las filas republicanas lucha por un país mejor, en el que desaparezcan la injusticia y la explotación. La fe en ese ideal y el amor al pueblo marginado, a esos pobres de España de cuyas filas forma parte, lo llevan a asumir ardorosamente el compromiso político, y su voz de poeta será la voz del pueblo en lucha. El Rayo que no Cesa tiene un formalismo ultra clásico a través de moldes tradicionales y con referencia a un yo a la vez sujeto y objeto. Los poemas de guerra marcan un nuevo rumbo formal que apuntan a lo universal con un doble sistema de referencia, el yo y el mundo, la guerra y los hombres, etc. Viento del pueblo así como El pastor de la muerte y El teatro en la guerra son obras producto del compromiso político de Miguel Hernández y son la expresión del momento histórico que vive el país.

El hombre acecha fue compuesto entre 1937 y 1939, con dedicatoria a Pablo Neruda; consta de dieciocho poesías, que por su contenido, es la continuación de Viento del pueblo. Sin embargo el tono del poeta ha cambiado y el optimismo anterior se trocado en tristeza y amargura.

La guerra ha sido una experiencia esclarecedora de la violencia y de la crueldad humana. El hombre es víctima del hombre, el hombre acecha al hombre.

El último libro de poemas de Miguel Hernández, Cancionero y Romancero de ausencias, así como la sección titulada últimos poemas, corresponden al periodo 1937-1941 escrito en la desgracia de la derrota, la muerte de su hijo (19/10/38) seguida del nacimiento de otro hijo (04/01/39) , escrito finalmente en la experiencia cotidiana del condenado y del preso político. Son pues los poemas que intensamente humanos van a oscilar entre el canto apasionado del amor a la esposa y el dolor y la pesadumbre por la muerte de su primer niño; cantos iluminados y ensombrecidos por la separación injusta de la esposa y del segundo hijo que como un eco del primero, llenó de ilusión y gozo esos sombríos años de cárcel absurda que lo condujeron finalmente a la muerte.

En este poemario, igual que El Rayo que no cesa, además del tono bajo, melodioso e intimo, el objeto del canto es el mismo, Josefina. El canto a la novia se transforma en canto a la esposa y a la madre, el canto de amor insatisfecho de pena de amor, es ahora canto de amor pleno, aunque también es pena de ausencia. Amor y dolor, vida y muerte son los ejes temáticos de la obra de Miguel Hernández, que realmente, son los ejes temáticos de toda la obra, expresión fehaciente de una vida atormentada entre el ansia de vivir y la certeza del destino de muerte que amenaza al hombre. En este libro, el autor maneja gran cantidad de mirtos y símbolos de la misma forma como lo hace el hombre primitivo, identificándose con su concepción del mundo sacralizado de la vida orgánica. Miguel Hernández sabe entablar un diálogo con el Cosmos y utiliza el leguaje simbólico. A través de los mitos y el simbolismo de la luna, el hombre percibe la relación de solidaridad entre tiempo, muerte, resurrección, sexualidad, fertilidad, lluvia, vegetación etc. Siendo la luna el astro de los ritmos vitales, que “crece, decrece, nace y muere” la luna es entonces, tiempo, vida que nace, crece y muere en el fluir del tiempo.

Miguel Hernández escribe el Tríptico Hijo de la Luz y de la Sombra. En el primer poema de este tríptico (Hijo de la Sombra) la luna está unida a la noche, a lo femenino y a la fecundidad. Los primitivos están convencidos que la luna ejerce una acción sobre la mujer como lo ejerce sobre la vegetación, por eso la luna es vida, es fecundidad y la esposa es “la noche en el instante/mayor de su potencia lunar y femenina”. La luna preside el amor de los amantes y la amada es noche fuente de oscuridad, es sombra, es luna.

Si la esposa es luna, oscuridad, la media noche, el esposo en cambio, es sol, luz claridad, fuego, día. El amor convierte a su cuerpo en una llamarada, todo su ser se enciende poseído por el sol, por su fuerza y su poder, amor cósmico que rompe los límites de lo humano, en una identificación con el universo.

El vientre de la esposa se ha hecho “nido cerrado incandescente” recogiendo en “sus cuevas cuanto la luz derrama” y el hijo que está en la sombra como un anhelo, como una aspiración, brotará como un relámpago de esa unión cósmica hecha de luceros y de luna, de sol y fuego; el hijo está en la esposa-sombra, en la esposa-noche.

La unión astral se cumplió y Miguel Hernández ha recreado el antiguo mito de las bodas del sol y de la luna; la identificación de la esposa con la luna y con la noche proviene del sentido de feminidad que siempre se les ha dado en todas las mitologías; siempre aparecen relacionadas con el principio pasivo, lo femenino y el inconsciente; y el sentido de generadora de vida coincide con el que le da Hesíodo que llamó a la noche, madre de los dioses por ser opinión de los griegos, que las noches y las tinieblas han precedido la formación de todas las cosas, de allí, el significado de fertilidad, de simiente. El hecho de ser esposa-sombra sugiere que sin ser día, es el estado previo, promete el día y lo prepara.

En el poema II del tríptico (Hijo de la Luz), una vez fecundada, la esposa deja de ser noche para convertirse en alba, hecha de luz difusa, como un tenue amanecer, <> que como un tímido fulgor se convertirá en luminoso esplendor. El sol, el fuego y la luz van a ser los símbolos sobre los que se desenvuelve este segundo poema de la trilogía del Hijo de la Luz y de la Sombra.
El útero materno es centro de claridades; el hijo anhelado es luz, es eje de sus vidas, sobre él asentarán su felicidad.
Igual que la concepción del hijo, el parto se presenta igualmente cósmico y el poeta acude a la hipérbole para significar su grandiosidad:

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido.


El nacimiento del hijo metafóricamente expresado con el nacimiento del sol, se vincula también a aquellos mitos primitivos que explicaban el origen del fuego como producido por el vientre de la mujer; veamos el paralelismo entre el último verso de la estrofa citada y un mito de América del Sur recogido por Frazer en el libro Mitos sobre el Origen del Fuego y que cita Gastón Bachelard en su obra Psicoanálisis del fuego; en este mito el héroe quiere obtener el fuego que es la base del mito de Prometeo, y para ello persigue a una mujer, la atrapa, la sujeta y la amenaza con hacerla prisionera si no le revela el secreto del fuego.

Después de varias tentativas de escape, la mujer consintió en ello. Se sentó sobre el suelo, con las dos piernas muy separadas. Apretando con los puños la parte superior de su vientre, le imprimió una enérgica sacudida y una bola de fuego rodó sobre el suelo fuera de su conducto genital.
El proceso del parto ha terminado con el nacimiento del fuego, fuego del amor como dice Bachelard, de la misma manera como en la estrofa citada, la esposa ha parido al hijo – sol. La esposa está identificada con el Cosmos, con el Universo y es una deidad generadora del sol, de la aurora, de la vida; por eso, en el nacimiento, <>. Miguel Hernández está recreando el mito de la creación. Las tinieblas prenatales corresponden a la noche anterior a la creación y a las tinieblas de la choza iniciática…La noche de la que cada mañana nace el sol simboliza el caos primordial y la salida del sol es una réplica de la cosmogonía. La esposa es la divinidad de donde procede el sol, el hijo – sol que primero fue sombra. Todas las experiencias religiosas en relación con la fecundidad y el nacimiento tienen una estructura cósmica.
El hijo ha llegado y con él, la eternización de los padres. La corriente de sangre, de vida de los padres no se detiene sino que se continua en la del hijo que será a su vez simiente de otras vidas y los padres vivirán en la memoria del hijo, en la de los hijos de éste y en todos los hijos y será un consuelo ante la muerte porque no se desaparece del todo en esta carrera de relevo que es la vida, por eso el poeta dice:


Hijo del alba eres, hijo del mediodía
y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.


En el poema III (Hijo de la luz y de la sombra), el entusiasmo y la alegría por el acontecimiento de la llegada del hijo, continúa en unos versos plenos de amor y de ternura a la esposa donde las imágenes hiperbólicas traslucen la magnitud de sus sentimientos y emociones. La lactancia, el hecho tiernísimo de lactar al recién nacido le dicta versos emocionados de una belleza sin límites. El mána, hecho de leche y miel que brota de la madre, alimenta al hijo amado:

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.


El amor apasionado a la esposa se traduce en aspiración de unión total permanente, ser el uno en el otro, unidad indivisible y eterna, aspirando el poeta a quedarse para siempre en el vientre materno. La esposa – madre cobra un sentido nuevo al convertirse en anhelo de refugio para el poeta.
El amor eterniza a los amantes y este amor cósmico, eterno, absorbe y asume todo el infinito y todo el tiempo. Los amantes son los protagonistas de un amor sin tiempo y sin espacio; es el amor mítico de los primeros hombres, son el símbolo del amor eterno y son por lo tanto los salvadores del mundo, los salvadores de la humanidad que es trascendida y salvada del olvido gracias al amor:

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.


Cada libro de poemas traduce las experiencias, las vivencias y conflictos existenciales del poeta; el despertar sexual, el conflicto entre el amor y el temor al pecado, el alejamiento de la religión católica, el amor por Josefina y los sufrimientos que se derivan del amor insatisfecho; el dolor por la muerte del amigo, la guerra civil, el matrimonio, los hijos, la cárcel, toda su vida recorre esta poesía que como la vida misma es contradictoria, unas veces luminosa, sonriente y optimista y otras, terriblemente triste, ensombrecida por la pena, por la desilusión y la muerte. Es la dialéctica de la vida que se traduce en una poesía igualmente dialéctica, de movimiento pendular entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte. La esencia trágica de la existencia humana queda hermosamente expresada en los siguientes versos:

Llegó con tres heridas,
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.





Lilia Boscán de Lombardi

martes, 7 de febrero de 2012

Muerte y escritura

Cada día se anunciaba la muerte, cada día lo amenazaba, cada día él moría un poco más y la impaciencia aumentaba. La veía venir tan lentamente que se desesperaba, sobre todo, porque con completa lucidez, percibía que se iba deteriorando física y psíquicamente a medida que transcurría el tiempo. Entonces planificó el fin para evitar el hospital, el dolor y el tormento creciente de la soledad y la nostalgia. En los últimos días antes de su muerte, el escritor húngaro Sándor Márai, escribió en la última página de su libro “DIARIOS 1984-1989”, la siguiente declaración: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.”
Sándor Márai nació en 1900 en Kassa, Hungría, pero cuando el régimen comunista llegó a su país de origen, lo abandonó en 1948 y emigró a Europa y EEUU donde vivió el resto de su vida. En el exilio escribió cinco de los seis tomos de sus diarios. El último lo redactó entre 1984 y 1989, el año de su muerte. Estos Diarios constituyen un relato estremecedor de los últimos años del autor donde va relatando los signos evidentes de la vejez, el deterioro físico suyo y el de su esposa, el dolor por la muerte de ella, la soledad, la nostalgia. Las páginas que dedica a consignar la situación del declive vital de su querida Lola son estremecedoras y conmovedoras. Es el relato del fin de una historia de amor que duró 62 años. Compartieron sufrimientos, esperanzas, la pérdida de su único hijo, que apenas vivió un mes, la ilusión que los llevó a adoptar a otro niño, el dolor del exilio en el que sufrieron la ausencia de la tierra natal: “Mi hermosa patria, la lengua húngara. Ojalá pudiera retenerla hasta el último momento”. El exilio es una dura experiencia al tener que dejar atrás todo lo querido, la vida empieza recorrer otro camino incierto y difícil. Pero ellos estuvieron juntos apoyándose mutuamente en el amor que siempre los unió. Ella era inteligente y bella, “sigue siendo guapa a los ochenta y siete años como lo fue de joven; de otro modo, pero sigue siendo guapa”….. “la belleza del óbito es mas convincente que la de la juventud, es la belleza victoriosa de la plenitud femenina”. Compartieron alegrías, satisfacciones y angustias. Fue su eterna compañera, su confidente, su refugio, su amada inmortal, de allí el deseo de morir juntos: “Morir juntos sería un gran regalo… Irnos juntos, sin dolor, es mi última esperanza… La gran prueba de la vida no es la muerte sino el morir” Tanto amor y tanto dolor al ver como se iba apagando, “su conciencia apenas parpadea”. El terrible dolor de la muerte de su esposa lo sumerge en el vacío, en la indiferencia. Comprueba lo que ya sabía, que sin ella “nada tendrá sentido”. Hundido en la soledad aún le tocará sufrir otras muertes, la de sus hermanos y la del hijo adoptivo. Sandor Marai es un poeta y un filósofo. En estos Diarios son muchas las reflexiones en torno a la vida y la muerte, concluyendo que “El único misterio humano es el de la muerte. La muerte es misterio y realidad a la vez” pero la muerte no le inquieta, le inquieta el morir: “Quietud si pienso en la muerte, inquietud si pienso en el morir”. …” Nacer no es una experiencia porque es accidental. La muerte si constituye una experiencia, puesto que nos sobreviene contra nuestra voluntad”….”la proximidad de la muerte confiere a la conciencia mas fuerzas que desánimo”.
Sandor Marai no era un hombre creyente en Dios, pero se enfada con El cuando muere su esposa y aunque afirmara “ No hay palabras, ni sentimientos, ni rencor, venimos de la Nada y desaparecemos en la Nada,” sin embrago dice:” Hay momentos en que me siento arrebatado por una rabia e ira irracionales, enfadado con Dios (si existe) porque ha sido implacable y ha tolerado que ella sufriera” o cuando dice “Enfurecido con Dios (si existe) porque tampoco la asistió, y enfurecido con Dios (si no existe) porque no existe cuando se necesita su intervención. Enfurecido con la gente porque no la ayudó. Enfurecido conmigo mismo porque no fui capaz de hacer algo más. Enfurecido con ella porque murió.”
Sandor Marai es un escritor fecundo que escribió numerosas novelas como El último encuentro, Divorcio en Buda, La amante de Bolzano, solo para citar algunas, donde refleja el profundo conocimiento del ser humano, su conflictividad, sus pasiones así como el conocimiento de la realidad histórica de su época. La literatura es la gran pasión escribiendo en sus libros sus ideas sobre todo lo que le interesa. Dice que” la poesía se halla en la materia del mundo, en todos sus prodigios, como la estatua en el mármol, solo falta revelar la forma.”
En estos Diarios son constantes las referencias a libros, las afirmaciones sobre política y las reflexiones filosóficas en torno a la vida y la muerte:”somos coetáneos del tiempo que nos toca vivir”. A pesar de las limitaciones de salud, afirma que todas las noches lee media hora de poesía todos los días , sobre todo poetas húngaros antiguos y modernos, pero a medida que pasa el tiempo y que el deterioro se hace mas presente, va leyendo menos y la amargura va aumentando hasta abominar de la literatura que fue su gran pasión. “La idea de la literatura me hastía. Las palabras no sirven más que para ocultar la realidad, no para revelarla. La realidad es otra cosa. A veces vislumbro el nihil. Pero al mismo tiempo, siento nostalgia por lo maravillosa que era la “literatura”, la otra, la verdadera, cargada de electricidad como las estrellas, como Hansel y Gretel”. Asegura que el hombre es capaz de todo tipo de maldades pero que los instantes que lo salvan corresponden a los momentos en que siente compasión porque” la compasión no exige correspondencia, no juzga. Es sencillamente piadosa, incondicional, momentánea, aunque quien la reciba no la merezca, y el placer, el físico, esa llama que consume todo egoísmo. Y el otro, el placer máximo del arte, del espíritu, de la música. El resto es mera zoología.”(3) Estos textos finales recogen todo lo que hace, lee y escribe en los últimos años. Se mezclan los recuerdos personales, con comentarios sobre autores, artículos, reflexiones diversas pero lo mas sorprendente es la forma en que se enfrenta con toda lucidez a describir los signos del deterioro que ocasiona la vejez y el proceso de la enfermedad y los momentos finales de su esposa .Es un libro conmovedor y profundamente humano; nos enfrenta a la realidad de la vejez y la muerte en una especie de monólogo en que descubre todos sus sentimientos mas profundos. De la vejez dice “Ha llegado el tiempo de las privaciones, cuando uno lo deja todo sin sentir la pérdida”….Todavía no saben que el viejo prefiere la soledad porque es lo único que no le aburre”. Cuarenta y dos años estuvo en el exilio. “En estos cuarenta años hemos estado en Ginebra, Nápoles, Nueva York, Salerno, San Diego. Lola y Janós se han ido, al igual que mis amigos y compañeros de carrera. Estoy totalmente solo…… Ya no leo libros nuevos. La memoria me falla: los recuerdos más lejanos son extraordinariamente vívidos; en cambio, a veces no consigo acordarme de qué ha pasado hace cinco minutos. No protesto por la muerte, pero no deseo nada morir”. Consciente de la proximidad del fin, lo apresura quitándose la vida con un disparo en 1989 en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Sandor Marai es un escritor extraordinario que invita a escuchar en sus libros, la voz de sus ideas.

sábado, 12 de febrero de 2011

"El sueño del Celta"

Mario Vargas Llosa (1936) en su última novela “El Sueño del Celta”; cuenta la vida y las aventuras del Cónsul Británico Roger Casement, quien denunció los horrores del colonialismo en el Congo y en la Amazonia. Enviado por el gobierno Británico, primero al Congo Belga y después a la Amazonia Sudamericana, vivió y conoció la experiencia terrible de la explotación humana, hechos consignados en informes escritos que sacudieron a la opinión mundial y lo convirtieron en un héroe por defender la libertad y la dignidad de los pueblos.
El autor relata los hechos que ocurrieron en la realidad. El trabajo de investigación quedo plasmado en esta novela histórica que se desarrolla en dos planos: en el primero,la vida del personaje y sus experiencias como Consul y como militante de la lucha por la independencia de Irlanda y en el segundo,los días que transcurren en la cárcel, acusado de traidor, esperando que se le conmute la pena a muerte a la que ha sido condenado.
Este relato, además de ser un valioso testimonio histórico, es además un valioso documento de reflexión sobre el bien y el mal.
El viaje del Cónsul Británico vía Congo arriba comenzó el 5 de junio de 1903. El Foreign Office lo autorizó hacer ese viaje por las zonas donde se extraía el caucho para verificar lo que había de cierto en las denuncias sobre abusos y maltratos a los nativos en el Congo de su Majestad Leopoldo II, rey de los Belgas.
En febrero de 1985, en la conferencia de Berlín, las catorce potencias participantes, el embajador por Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Alemania dieron a Leopoldo II el Estado Independiente del Congo, los 2 millones y medio de Km2 del Congo y sus 20 millones de habitantes para que “abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y civilizara y cristianizara a los paganos”. El monarca presidía la Asociación Internacional del Congo (AIC) responsable de todos los trabajos que emprendería para lograr los objetivos propuestos. Hacían firmar a caciques y brujos contratos escritos en francés donde se comprometían a prestar mano de obra, alojamiento, guía y sustento a los funcionarios, personas y empleados de la AIC.
El viaje que emprendió desde Matadi el 5 de junio de 1903 duró tres meses y 10 días en el Medio y Alto Congo, un viaje dantesco donde conoció toda la maldad que puede conducir al ser humano a hacer las atrocidades más inimaginables. Desde 1884 hasta 1901, los cambios sufridos en África eran cuantiosos, la población se había diezmado de manera brutal y la causa no eran las enfermedades, sino que además de las epidemias, lo que había aniquilado a la población congolesa era la inhumanidad del sistema de explotación de los africanos por los colonos europeos. El relato de los maltratos, torturas, violaciones, mutilaciones, el uso del “Chicote”, el látigo inclemente, serian recogidos en el informe de Roger Casement. Los nativos no eran vistos como personas sino como bestias útiles para obtener el producto y los colonos, cegados por la codicia, para conseguir la mayor cantidad posible de caucho, recurrían a prácticas y castigos de extrema crueldad solo posibles en las mentes y espíritus diabólicos. Roger Casement es el sobreviviente del descenso a los infiernos. Hay en la novela una carta del Cónsul a su querida prima Gee donde dice: “Temo que, de continuar escudriñando los extremos a que puede llegar la maldad y la ignorancia de los seres humanos, no seré, siquiera capaz de escribir mi reporte. Estoy en las orillas de la locura. Si sigo codeándome con lo que ocurre aquí, terminaré yo también impartiendo chicotazos, cortando manos y asesinando congoleses entre el almuerzo y la cena sin que ello me produzca el menor malestar de conciencia ni me quite el apetito. Porque eso es lo que ocurre a los europeos en este condenado país”. Mientras el mal esta encarnado en estos colonos sanguinarios, el bien se manifiesta en idealistas luchadores como Roger Casement, los miembros de la Iglesia Bautista, y Edmund D. Morel, periodista que había hecho una constante campaña de denuncias sobre las irregularidades y los infortunios en el Congo.
Casement no solo hizo las denuncias sobre las crueldades en el Congo, sino también sobre los abusos y torturas en la Amazonia peruana por parte de la poderosa compañía de Julio C. Arana. También en esta región, frente a la maldad humana generalizada, hay voces de seres idealistas como el periodista Benjamín Saldaña Roca quien hizo las acusaciones sobre las caucherías del Putumayo desde el periódico La Sanción asi como los artículos del ingeniero norteamericano Walter Harderburg en el semanario Londinense Truth. Ambos describían en sus artículos las indescriptibles crueldades a las que puede llegar el hombre dominado por la codicia y la maldad en un mundo sin ley: la cacería de indios, los castigos a los que no habían traído la cuota mínima de látex o caucho, las torturas y la muerte por pura diversión. A Roger Casement le toca presenciar en la Amazonia los mismos horrores que denunció en el Congo, propiciados por la codicia, por el mal que vive en el hombre como expresión del pecado original. Sobre este tema, que es el central en toda la novela, se lee en un ensayo de Álvaro Brantes Hidalgo, que “para definir el mal, si se parte de la postura aristotélica tomista, el Mal es la ausencia del Bien así, el Mal seria nada más que el “no ser” frente al “ser” que es Bien. El mal como tal se presenta en el interior del hombre cuando éste sufre una ausencia del “Bien”, que no es otra cosa que la búsqueda de la verdad, la belleza, la virtud. Cuando se habla de virtud se refiere a la prudencia, la templanza, la justicia, la fortaleza y el amor desinteresado por los hombres y las cosas”. Si en ese mundo de explotación y crueldad predomina el mal, sin embargo, la lucha por la justicia y la verdad que protagonizaron hombres como Roger Casement y los que lo acompañaron en su batalla por defender los valores humanos de los indígenas del Congo y la Amazonia, esa lucha representa el triunfo del bien. Los informes de Casement fueron decisivos para acabar con la situación de explotación que se vivía en esos espacios de la geografía de África y de América del Sur.
Casement es un héroe que luchó no solo contra la colonización en estos lugares sino que fue un abanderado de la lucha contra la colonización inglesa en Irlanda. Su objetivo era la liberación de Irlanda pero se equivocó en la estrategia al recurrir a los alemanes en plena primera guerra mundial, para lograr sus propósitos. Esta alianza fue fatal ya que fue juzgado por traición a la patria y condenado a la horca.
Esta novela de Vargas Llosa es un magnifico documento histórico y un verdadero tratado filosófico sobre la condición humana. El idealismo, la fe en causas legitimas como la injusticia y la libertad de los pueblos enaltecen al ser humano, pero también el fanatismo y el extremismo pueden ser destructivos y acabar con los mejores propósitos.
El relato de los hechos y los personajes confirman la excelencia del narrador que sabe, no solo plasmar escenarios de majestuosa belleza y penetrar en el alma humana, en sus bondades y en sus miserias, sino que narra magistralmente la cruda realidad de los acontecimientos. Se puede calificar de absolutamente extraordinaria la narración de los hechos que preceden a la muerte de Roger Casement logrando transmitir la sensación de paz y serenidad del condenado a muerte y las emociones de las demás personas que lo rodean, en un relato altamente conmovedor. La personalidad compleja y múltiple de Roger Casement y su vida heroica queda plasmada de manera excepcional en este relato de Vargas Llosa.

lunes, 31 de mayo de 2010

Sobre Ana Teresa Torres

Para la Universidad Católica Cecilio Acosta es un honor otorgarle hoy el Doctorado Honoris Causa a la destacada escritora Ana Teresa Torres. Ha sido política de esta casa de estudios hacer este tipo de reconocimiento a aquellas personalidades cuyos méritos y trayectoria personal los han convertido en referencia nacional e internacional.
Ana Teresa Torres es, sin duda, una de las escritoras más emblemáticas de la Literatura Venezolana Contemporánea.
Nació en Caracas. Es licenciada en Psicología por la Universidad Católica Andrés Bello y estuvo muchos años dedicada al ejercicio del psicoanálisis y a la docencia universitaria.
El descubrimiento de la literatura, de la otra realidad que se genera en los libros de ficción, surge a edad muy temprana; según ella misma ha confesado, cuentos como el del Lobo y los siete cabritos la convirtieron en lectora, una lectora niña que creía en la verdad del texto convencida del poder de la palabra escrita. Al respecto dice la autora “En mi elección literaria infantil, prefiguro a la novelista que seré. No creo en pretendidos misterios, las intrigas postizas, en la construcción ideal de un escenario que lejos de seducirme me fastidia. El abismo de lo real me ha capturado para siempre”.
Muchas otras lecturas se sucedieron en el tiempo confirmándose el interés creciente por la literatura y por el mundo maravilloso e inusual que descubría en las obras de ficción. Numerosas han sido las novelas leídas pero una de la más impactantes fue “Rayuela” de Julio Cortazar en la que encontró el enorme parecido que puede haber entre la novela y la vida y como ésta siempre le ha interesado, encontró que la novela es el mejor espacio y la mejor manera de contar la vida y también una vía para darle sentido a la misma. El lenguaje, dice Ana Teresa, “asegura una mejor consistencia que la fugacidad de la existencia”, aseveración que es compartida por muchos otros escritores tales como Unamuno quien afirmaba que escribía para no morir del todo. La escritura es, pues, una forma de transcendencia, un medio para superar los limites de la existencia y un intento para vencer el olvido y en el caso de Ana Teresa, asume la literatura, además, para crear una orden existencial tangible en el que la protagonista es ella que “quiere escribir el mundo escribiéndose a si misma” porque en todo relato se muestra el autor y en los personajes y en las circunstancias que se cuentan siempre lo real de lo vivido se hace un todo con lo imaginado, adelgazándose hasta fundirse, los límites de la realidad con la ficción. Dice Rosa Montero “Para ser tenemos que narrarnos, y en ese cuento de nosotros mismos hay muchísimo cuento, nos mentimos, nos imaginamos, nos engañamos”.
En el libro “Cuentos Completos” publicado en la Editorial “el otro, el mismo” en Mérida, en el año 2002, se recogen los cuentos escritos desde que era muy joven. En el prólogo de este mismo libro que titula “Retrato de una joven escritora”, se puede leer que a los 12 o 13 años intentó escribir una novela policial y a los 15 años empezó otra de tipo romántico a la que siguieron otros dos intentos entre los 24 o 25 años que no pasaron del primer capitulo pero cuyas ideas fueron retomadas en novelas posteriores como “Doña Inés contra el olvido” y “Los últimos espectadores del acorazado Potemkin”. Los textos juveniles de la autora permanecieron inéditos mucho tiempo y cuando los ordenó cronologicamente se percibe un espacio donde se interrumpe la escritura desde 1974 hasta 1983 que fue el período en que compartía las obligaciones maternas con la práctica profesional como psicoanalista y como docente pero en 1983 comenzó de nuevo a escribir y en 1984 ganó el concurso de cuentos del Diario El Nacional con el relato “Retrato frente al mar” y desde entonces se ha dedicado con fervoroso entusiasmo a la creación literaria.
En 1990, Monte Ávila Editores, publicó su primera novela “El exilio del tiempo” con la que ganó el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal y por el Consejo Nacional de la Cultura en 1991.
El lenguaje fluye libremente en este relato supuestamente biográfico donde se suceden los personajes familiares, anécdotas particulares, el mundo del pasado en evocaciones nostálgicas donde se recupera el tiempo vivido en acciones y pensamientos de los personajes en un gran cuadro de imágenes que transitan el tiempo lográndose la verdad de vida o creándose la vida de la ficción.
Las palabras mágicas transforman el pasado en presente y permiten a los personajes vivir de nuevo. Es el poder de la literatura, animar a los duendes dormidos en la memoria que, entonces, viven de nuevo y transcienden el tiempo alcanzando los niveles superiores de la inmortalidad por la gracia de la imaginación y de la palabra.
Cuando se escribe, no solo se recrea la realidad vivida o soñada, sino que se tiene el goce indescriptible de transmitir emociones, sentimientos y pensamientos que se agolpan por salir a través de las palabras que alguien, oculto dentro de si, dictan incansablemente.
En 1992 publica “Doña Inés contra el olvido”, Premio Novela de la I Bienal Mariano Picón Salas (1991) y Premio Pegasus de Literatura (1998). Ha sido traducida al Inglés y al Portugués.
Si en “El exilio del tiempo” la memoria y los recuerdos son decisivos para hundirse en el tiempo y emerger a otra realidad ficcional, en esta otra novela, “Doña Inés contra el olvido”, es la historia novelada de tres siglos de historia. Hay un narrador - cronista que realiza una visión histórica en un discurso en el que confluyen la autobiografía y la crónica historiográfica.
Ha escrito otras novelas como “La favorita del señor” que fue finalista, en 1993, del Premio “La sonrisa vertical”, (Tusquets, España); “Vagas desapariciones” (1995), “Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin”, Premio en la colección Alfa 7 de Alfadil; “La fascinación de la victima (2008)” con la que continua la saga policial de la psiquiatra – detective iniciada con “El corazón del otro”; “Historias del continente oscuro” (2007), es un ensayo en el que aborda el tema de la condición femenina.
Otro ensayo importante: “A beneficio de Inventario”, lo publicó en el 2000; a continuación, en el 2002, los “Cuentos Completos” y en el 2003, el “Hilo de la Voz”, antología critica de escritoras venezolanas del siglo XX.
“Nocturama” (2006) es una novela inquietante donde se cuenta la historia de Ulises Zero, un personaje que despierta sin saber quien es y que hace en medio de una ciudad sin nombre. El ultimo libro publicado hasta ahora, es un ensayo valiosísimo, de imprescindible lectura en este tiempo critico que vive el país, que se titula “La herencia de la tribu”: del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana”, publicado en el 2009.
Ana Teresa escribe con pasión; de su intenso trabajo da fe este número importante de obras mencionadas a las que hay que agregar las publicadas con temas de su profesión como “Elegir la Neurosis” (1992), “El amor como Síntoma” (1993) y “Territorios Eróticos” (1998).
Ana Teresa ha sido residente de la Fundación Rockfeller en Bellagio (Italia) y en 2001 recibió el premio de la Fundación Seghers de Berlin. Desde el 2006 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua.
Ana Teresa Torres forma parte del grupo de escritoras rebeldes e innovadoras que han emergido en Venezuela en los últimos tiempos.
Ha conquistado un espacio para expresar con absoluta libertad, sentimientos, vivencias y un rico mundo espiritual que se muestra deslumbrante en cada una de las muchas obras publicadas.
Si la memoria, el tiempo, la historia y el país son temas centrales en su trabajo intelectual, no menos importante es el tema de la mujer que por mucho tiempo ha sido marginada y subvalorizada socialmente.
Ha sido una lucha cruenta y difícil la que ha tenido que vivir la mujer para conseguir el espacio que merece en la sociedad actual. Ha sido difícil porque desde el origen de la historia la mujer ha sido considerada inferior al hombre y fuente de desdicha y males para la humanidad. En la literatura Griega, en los mitos y en las grandes obras épicas y dramáticas, la mujer es causante de catástrofes y tragedias. Recuérdese el mito de Pandora, la Iliada o Medea y en la Biblia, en el Génesis, la mujer es creada de una costilla de Adán, decretándose su inferioridad y dependencia con respecto el hombre y además haciéndola culpable de la perdida del Paraíso.
Los filósofos mas significativos desde Platón hasta hoy han subestimado la capacidad y el valor de la mujer mostrando un desprecio absoluto al llamarla Platón “residuo empobrecido de la humanidad” y Aristóteles “una deformidad biológica”.
No ha sido fácil para la mujer ingresar plenamente en la sociedad y asumir otros roles diferentes al de esposa y madre. Los oficios del hogar y la crianza de los hijos ocupaban todo su tiempo y hasta hace pocos años, las hijas de los hogares venezolanos, estaban destinadas al matrimonio y no podían estudiar una carrera universitaria.
La mujer gradualmente ha ido adquiriendo la libertad y los derechos que solo tenían los hombres desde el derecho a votar, conseguido en el siglo XIX, hasta la participación efectiva y total en todas las esferas del quehacer político - social, en todas las actividades culturales de la sociedad. Se han incorporado al campo del trabajo y desempeñan funciones y cargos que tradicionalmente solo eran realizadas por los hombres. No hay rama del saber, de la ciencia y de la cultura en general que le sean vedados. La mujer ha ido conquistando la dignidad y el valor como persona y como ser humano que por siglos se le negó aunque persisten mentalidades y costumbres que insisten en mantener las viejas ideas y el mito de la desigualdad y se comete el error de asignar roles y tareas de acuerdo a unas pretendidas condiciones innatas de los sexos.
En Venezuela muchas mujeres activas, preparadas, sensibles y creadoras participan en todas las esferas sociales y dan frutos de su quehacer político – social y cultural. En muchos casos, la mujer tiene que cumplir la múltiple tarea de ser madre, ama de casa, funcionaria, profesional o artista.
Vidaluz Meneses, reconocida poeta nicaragüense, expresa la realidad de la mujer que debe compartir las tareas domésticas con la actividad creadora cuando dice:
El día se tiene que resolver
Y amanezco persiguiendo un canto.

Y nuestra gran poetisa zuliana María Calcaño, dice:
¡Poeta!
Era antes de nacer
Y quieren hacerme mujer insípida.
Me ven libertina
Porque soy rebelde
De muchas cosas
Y porque llevo
La carne abierta en rosas.

Son mujeres como Teresa de la Parra, que en “Ifigenia”, refleja una época y da la visión de un país, afirmando el valor de la libertad en una literatura intimista y desmitificadora. Se puede hacer una larga lista de mujeres intelectuales valiosas, en la que deben estar los nombres de Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño, Ana Enriqueta Terán, Miyo Vestrini y muchas más, que han explorado las posibilidades de una voz específicamente femenina y que expresan la rebeldía de la mujer e insisten en afirmar la necesidad de imponerse como personas, con voz propia y con capacidad de abordar temas como el erotismo con absoluta libertad. Quieren representar la realidad de la mujer, con una voz auténticamente femenina como lo hacen, en las últimas décadas, escritoras como Yolanda Pantin, María Auxiliadora Álvarez, Márgara Russotto y Ana Teresa Torres.
Esta autora tiene los méritos de ser una gran escritora y de ser una luchadora que forma parte de ese grupo de mujeres cultas, con la conciencia clara de las responsabilidades y de las obligaciones que, como personas comprometidas y solidarias, tienen con un país en el que la educación y la cultura son medios fundamentales para alcanzar el progreso y la libertad.
En el ultimo libro publicado “La herencia de la tribu”, la autora hace una interesante interpretación de la historia nacional y del ser venezolano. Desmitifica nuestro pasado y dice verdades iluminadoras de la identidad nacional. Asegura que “hay pasados que no terminan de irse; el pasado venezolano es uno de ellos. La gloria de la independencia, siempre dominante es nuestro imaginario, extiende su sombra de presente perpetuo”. Otra verdad que invita a la reflexión y al análisis es cuando dice: “Nuestra historia es una celebración de triunfos épicos que deja pocas páginas para los seres anónimos y la construcción ciudadana, con frecuencia silenciada, por no decir despreciada”.
Nos enorgullece otorgar este doctorado a Ana Teresa Torres que desde ahora forma parte de nuestra Casa de Estudios.